sábado, 28 de diciembre de 2013

El último sueño del viejo roble

Había una vez en el bosque, sobre los acantilados que daban al mar, un vetusto roble, que tenía exactamente trescientos sesenta y cinco años. Pero todo este tiempo, para el árbol no significaba más que lo que significan otros tantos días para nosotros, los hombres.
Nosotros velamos de día, dormimos de noche y entonces tenemos nuestros sueños. La cosa es distinta con el árbol, pues vela por espacio de tres estaciones, y sólo en invierno queda sumido en sueño; el invierno es su tiempo de descanso, es su noche tras el largo día formado por la primavera, el verano y el otoño.
Aquel insecto que apenas vive veinticuatro horas y que llamamos efímera, más de un caluroso día de verano había estado bailando, viviendo, flotando y disfrutando en torno a su copa. Después, el pobre animalito descansaba en silenciosa bienaventuranza sobre una de las verdes hojas de roble, y entonces el árbol le decía siempre:
-¡Pobre pequeña! Tu vida entera dura sólo un momento. ¡Qué breve! Es un caso bien triste.
-¿Triste? -respondía invariablemente la efímera-. ¿Qué quieres decir? Todo es tan luminoso y claro, tan cálido y magnífico, y yo me siento tan contenta...
-Pero sólo un día y todo terminó.
-¿Terminó? -replicaba la efímera-. ¿Qué es lo que termina? ¿Has terminado tú, acaso?
-No, yo vivo miles y miles de tus días, y mi día abarca estaciones enteras. Es un tiempo tan largo, que tú no puedes calcularlo.
-No te comprendo, la verdad. Tú tienes millares de mis días, pero yo tengo millares de instantes para sentirme contenta y feliz. ¿Termina acaso toda esa magnificencia del mundo, cuando tú mueres?
-No -decía el roble-. Continúa más tiempo, un tiempo infinitamente más largo del que puedo imaginar.
-Entonces nuestra existencia es igual de larga, sólo que la contamos de modo diferente.
Y la efímera danzaba y se mecía en el aire, satisfecha de sus alas sutiles y primorosas, que parecían hechas de tul y terciopelo. Gozaba del aire cálido, impregnado del aroma de los campos de trébol y de las rosas silvestres, las lilas y la madreselva, para no hablar ya de la aspérula, las primaveras y la menta rizada. Tan intenso era el aroma, que la efímera sentía como una ligera embriaguez. El día era largo y espléndido, saturado de alegría y de aire suave, y en cuanto el sol se ponía, el insecto se sentía invadido de un agradable cansancio, producido por tanto gozar. Las alas se resistían a sostenerlo, y, casi sin darse cuenta, se deslizaba por el tallo de hierba, blando y ondeante, agachaba la cabeza como sólo él sabe hacerlo, y se quedaba alegremente dormido. Ésta era su muerte.
-¡Pobre, pobre efímera! -exclamaba el roble-. ¡Qué vida tan breve!
Y cada día se repetía la misma danza, el mismo coloquio, la misma respuesta y el mismo desvanecerse en el sueño de la muerte. Se repetía en todas las generaciones de las efímeras, y todas se mostraban igualmente felices y contentas.
El roble había estado en vela durante toda su mañana primaveral, su mediodía estival y su ocaso otoñal. Llegaba ahora el período del sueño, su noche. Se acercaba el invierno.
Venían ya las tempestades, cantando: «¡Buenas noches, buenas noches! ¡Cayó una hoja, cayó una hoja! ¡Cosechamos, cosechamos! Vete a acostar. Te cantaremos en tu sueño, te sacudiremos, pero, ¿verdad que eso le hace bien a las viejas ramas? Crujen de puro placer. ¡Duerme dulcemente, duerme dulcemente! Es tu noche número trescientos sesenta y cinco; en realidad, eres docemesino. ¡Duerme dulcemente! La nube verterá nieve sobre ti. Te hará de sábana, una caliente manta que te envolverá los pies. Duerme dulcemente, y sueña».
Y el roble se quedó despojado de todo su follaje, dispuesto a entregarse a su prolongado sueño invernal y soñar; a soñar siempre con las cosas vividas, exactamente como en los sueños de los humanos.
También él había sido pequeño. Su cuna había sido una bellota. Según el cómputo de los hombres, se hallaba ahora en su cuarto siglo. Era el roble más corpulento y hermoso del bosque; su copa rebasaba todos los demás árboles, y era visible desde muy adentro del mar, sirviendo a los marinos de punto de referencia. No pensaba él en los muchos ojos que lo buscaban. En lo más alto de su verde copa instalaban su nido las palomas torcaces, y el cuclillo gritaba su nombre. En otoño, cuando las hojas parecían láminas de cobre forjado, acudían las aves de paso y descansaban en ella antes de emprender el vuelo a través del mar. Mas ahora había llegado el invierno; el árbol estaba sin hojas, y quedaban al desnudo los ángulos y sinuosidades que formaban sus ramas. Venían las cornejas y los grajos a posarse a bandadas sobre él, charlando acerca de los duros tiempos que empezaban y de lo difícil que resultaría procurarse la pitanza.
Fue precisamente en los días santos de las Navidades cuando el roble tuvo su sueño más bello. Vais a oírlo.
El árbol se daba perfecta cuenta de que era tiempo de fiesta. Creía oír en derredor el tañido de las campanas de las iglesias, y se sentía como en un espléndido día de verano, suave y caliente. Verde y lozana extendía su poderosa copa, los rayos del sol jugueteaban entre sus hojas y ramas, el aire estaba impregnado del aroma de hierbas y matas olorosas. Pintadas mariposas jugaban a la gallinita ciega, y las efímeras danzaban como si todo hubiese sido creado sólo para que ellas pudiesen bailar y alegrarse. Todo lo que el árbol había vivido y visto en el curso de sus años desfilaba ante él como un festivo cortejo. Veía cabalgar a través del bosque gentiles hombres y damas de tiempos remotos, con plumas en el sombrero y halcones en la mano. Resonaba el cuerno de caza, y ladraban los perros. Vio luego soldados enemigos con armas relucientes y uniformes abigarrados, con lanzas y alabardas, que levantaban, sus tiendas y volvían a plegarlas; ardían fuegos de vivaque, y bajo las amplias ramas del árbol los hombres cantaban y dormían. Vio felices parejas de enamorados que se encontraban a la luz de la luna y entallaban en la verdosa corteza las iniciales de sus nombres. Un día -habían transcurrido ya muchos años-, unos alegres estudiantes colgaron una cítara y un arpa eólica de las ramas del roble; y he aquí que ahora reaparecían y sonaban melodiosamente. Las palomas torcaces arrullaban como si quisieran contar lo que sentía el árbol, y el cuclillo pregonaba a voz en grito los días de verano que le quedaban aún de vida.
Fue como si un nuevo flujo de vida recorriese el árbol, desde las últimas fibras de la raíz hasta las ramas más altas y las hojas. Sintió el roble como si se estirara y extendiera. Por las raíces notaba, que también bajo tierra hay vida y calor. Sentía crecer su fuerza, crecía sin cesar. Se elevaba el tronco continuamente, ganando altura por momentos. La copa se hacía más densa, ensanchándose y subiendo. Y cuanto más crecía el árbol, tanto mayor era su sensación de bienestar y su anhelo, impregnado de felicidad indecible, de seguir elevándose hasta llegar al sol resplandeciente y ardoroso.
Rebasaba ya en mucho las nubes, que desfilaban por debajo de él cual oscuras bandadas de aves migratorias o de blancos cisnes.
Y cada una de las hojas del árbol estaba dotada de vista, como, si tuviese un ojo capaz de ver. Las estrellas se hicieron visibles de día, tal eran de grandes y brillantes; cada una lucía como un par de ojos, unos ojos muy dulces y límpidos. Recordaban queridos ojos conocidos, ojos de niños, de enamorados, cuándo se encontraban bajo el árbol.
Eran momentos de infinita felicidad, y, sin embargo, en medio de su ventura sintió el roble un vivo afán de que todos los restantes árboles del bosque, matas, hierbas y flores, pudieran elevarse con él, para disfrutar también de aquel esplendor y de aquel gozo. Entre tanta magnificencia, una cosa faltaba a la felicidad del poderoso roble: no poder compartir su dicha con todos, grandes y pequeños, y este sentimiento hacía vibrar las ramas y las hojas con tanta intensidad como un pecho humano.
Se movió la copa del árbol como si buscara algo, como si algo le faltara. Miró atrás, y la fragancia de la aspérula y la aún más intensa de la madreselva y la violeta, subieron hasta ella; y el roble creyó, oír la llamada del cuclillo.
Y he aquí que empezaron a destacar por entre las nubes las verdes cimas del bosque, y el roble vio cómo crecían los demás árboles hasta alcanzar su misma altura. Las hierbas y matas subían también; algunas se desprendían de las raíces, para encaramarse más rápidamente. El abedul fue el más ligero; cual blanco rayo proyectó a lo alto su esbelto tronco, mientras las ramas se agitaban como un tul verde o como banderas. Todo el bosque crecía, incluso la caña de pardas hojas, y las aves seguían cantando, y en el tallito que ondeaba a modo de una verde cinta de seda, el saltamontes jugaba con el ala posada sobre la pata. Zumbaban los abejorros y las abejas, cada pájaro entonaba su canción, y todo era melodía y regocijo en las regiones del éter.
-Pero también deberían participar la florecilla del agua -dijo el roble-, y la campanilla azul, y la diminuta margarita.
Sí, el roble deseaba que todos, hasta los más humildes, pudiesen tomar parte en la fiesta.
-¡Aquí estamos, aquí estamos! -se oyó gritar.
-Pero la hermosa aspérula del último verano (el año pasador hubo aquí una verdadera alfombra de lirios de los valles) y el manzano, silvestre, ¡tan hermoso como era!, y toda la magnificencia de años atrás... ¡qué lástima que haya muerto todo, y no puedan gozar con nosotros!
-¡Aquí estamos, aquí estamos! –se oyó el coro, más alto aún que antes. Parecía como si se hubiesen adelantado en su vuelo.
-¡Qué hermoso! -exclamó, entusiasmado, el viejo roble ¡Los tengo a todos, grandes y chicos, no falta ni uno! ¿Cómo es posible tanta dicha?
-En el reino de Dios todo es posible –se oyó una voz.
Y el árbol, que seguía creciendo incesantemente, sintió que las raíces se soltaban de la tierra.
-Esto es lo mejor de todo -exclamó el árbol-. Ya no me sujeta nada allá abajo. Ya puedo elevarme hasta el infinito en la luz y la gloria. Y me rodean todos los que quiero, chicos y grandes.
-¡Todos!
Éste fue el sueño del roble; y mientras soñaba, una furiosa tempestad se desencadenó por mar y tierra en la santa noche de Navidad. El océano lanzaba terribles olas contra la orilla, crujió el árbol y fue arrancado de raíz, precisamente mientras soñaba que sus raíces se desprendían del suelo. Sus trescientos sesenta y cinco años no representaban ya más que el día de la efímera.
La mañana de Navidad, cuando volvió a salir el sol, la tempestad se había calmado. Todas las campanas doblaban en son de fiesta, y de todas las chimeneas, hasta la del jornalero, que era la más pequeña y humilde, se elevaba el humo azulado, como del altar en un sacrificio de acción de gracias. El mar se fue también calmando progresivamente, y en un gran buque que aquella noche había tenido que capear el temporal, fueron izados los gallardetes.
-¡No está el árbol, el viejo roble que nos señalaba la tierra! -decían los marinos-. Ha sido abatido en esta noche tempestuosa. ¿Quién va a sustituirlo? Nadie podrá hacerlo.
Tal fue el panegírico, breve pero efusivo, que se dedicó al árbol, el cual yacía tendido en la orilla, bajo un manto de nieve. Y sobre él resonaba un solemne coro procedente del barco, una canción evocadora de la alegría navideña y de la redención del alma humana por Cristo, y de la vida eterna:
Regocíjate, grey cristiana.
Vamos ya a bajar anclas.
Nuestra alegría es sin par.
¡Aleluya, aleluya!

Así decía el himno religioso, y todos los tripulantes se sentían elevados a su manera por el canto y la oración, como el viejo roble en su último sueño, el sueño más bello de su Nochebuena.

Hans Christian Andersen

El Cuento del Suave Pino y el Duro Roble

Érase una montaña tan pero tan alta, que nunca era posible ver la cumbre; primero porque la vista no podía llegar tan alto y segundo porque ella siempre estaba cubierta de nubes, de muchas nubes; sólo el viento podía llegar a esa altura. En el tope de la montaña habían algunas piedras, siempre acurrucadas por el frío, no había animales y en ella habitaban dos árboles; ellos eran muy valientes porque eran los únicos capaces de vivir en ese sitio, donde siempre habían nubes, y casi no había Sol. Los dos árboles estaban uno al lado del otro y ambos eran muy altos, tan pero tan altos que ni siquiera con la imaginación más grande era posible ver sus copas.
Uno de ellos era un Roble, muy elegante, duro y serio; él se creía el árbol más fuerte y bello de todo el mundo; a su lado el otro árbol era un Pino, también muy elegante, pero no tanto como el Roble, era más blando y tierno, no tan fuerte, pero sí tan alto como el Roble; sus puntas estaban a la misma altura, claro con ciertas pequeñas dudas: el Roble era considerado como el mejor de los dos.
Un día de Diciembre, que era el mes de mayor frío, un viento del Sur sopló y sopló, ambos árboles sintieron que ese viento no era igual al de todos los días, era más caliente como son los vientos del Sur, era mucho más fuerte, entonces el Roble se dijo:
Con mi fuerza y mi poder no hay viento que me asuste.
El Pino, un poco más sencillo, se dijo:
Ese viento es peligroso, no se calma, mas bien aumenta de intensidad; esto no me gusta.
El Viento sopló más y más fuerte, algunas de las piedras del piso se movieron de su sitio e incluso, algunas se hundieron en la tierra, las nubes se movieron con tal rapidez que sólo se les veía por un instante y ahí no terminó todo; el viento se puso aún más fuerte. El Roble no temía, él era fuerte y duro, y aguantaría cualquier cosa; el Pino que era más blando se comenzó a doblar y a doblar, e incluso hubo momentos en los cuales la punta del Pino tocó el piso, este sentía por eso gran dolor, pero se doblaba y no se partía. El Roble comenzó a doblarse y doblarse, pero era tan rígido y fuerte que al no permitir que él mismo se doblara, empezó a resquebrajarse y a perder sus ramas.
El Pino lo observó y le dijo:
Déjate doblar, así no te partirás.
Pero el orgulloso Roble, le contestó:
No, yo soy fuerte y no me doblaré, yo aguantaré, ya tú verás.
Al Pino no se le partió ni una sola rama, pero el Roble al no permitir que sus ramas se doblaran, empezó a perderlas e incluso perdió parte del tronco; el Pino le decía:
Amigo, si no te doblas, te vendrás abajo, no te resistas.
Y el Roble le contestaba:
No permitiré que mi cuerpo, hermoso y elegante, se doble.
El viento sopló más fuerte, tan fuerte que ya las palabras no se oían; sólo se escuchaba el chirrido agudo que atormentaba los oídos y que sólo lo produce el viento al soplar muy fuerte. En ese momento el Roble comenzó a partirse por la mitad; el Pino viendo aquella situación decidió doblarse al máximo y así al acercarse, pudo soportar el peso del Roble y logró que éste no se partiera y muy poco a poco, fue logrando que el Roble se doblara hacia él, siempre, el Pino sosteniéndolo y de esa manera el Roble pudo tolerar la inmensa furia del viento.
Poco a poco el viento pasó, tardó días en dejar de soplar por completo, el Pino sentía un gran cansancio, no sólo por luchar contra el viento, sino por tener que soportar el enorme peso del Roble para que éste no se partiera, y por ello el Pino, nuestro amigo, quedó extenuado. Al terminar de soplar el viento, el Roble se pudo enderezar y el Pino quedó doblado, había sido tanto el esfuerzo que no pudo enderezarse; el Roble había perdido parte de su tronco, muchas hojas y ramas, pero estaba todavía en pie y al ver al Pino doblado le dijo:
Amigo Pino, ¡que gran amigo eres tú!, te has sacrificado por mi, que incluso te despreciaba por tu debilidad; me has demostrado que la debilidad en algunos momentos de la vida, es lo que más fuerza nos da y que hay que ser flexible y eso te permite tolerar los vientos más fuertes, y me has enseñado que la fuerza esta en la amistad y en la tolerancia. Gracias, querido amigo, de los dos, tu eres el más fuerte y aún doblado, eres el más bello de nosotros dos.
Y así, luego de ese gran susto, ambos árboles estando aún de pie, fueron grandes amigos y lograron crecer aún mucho más, con el tiempo y con algunas ramas del Roble que ayudaron, nuestro amigo el Pino logro enderezarse y hoy por hoy, es un Pino muy derecho y muy bello.
 Fin
  • Autor: Anónimo

domingo, 3 de noviembre de 2013

LOS ÁRBOLES DEL MONTE.

Había una vez un monte con muchos árboles. Algunos habían nacido en ese mismo lugar y,
por eso, se los llamaba autóctonos. Otros habían sido plantados por don Ramón, quien tenía allí una
chacra.

Los pajaritos preferían hacer sus nidos en los árboles autóctonos. ¿Por qué les gustaban más
que los otros? Porque eran variados, tenían frutas de colores y ramas de diferentes formas y
dimensiones más apropiadas para sostener los nidos.

En cambio, en las superficies cubiertas de pino, todas las ramas crecían en forma simétrica,
no entraba la luz, no tenían frutas, y ningún pájaro construía su nido en ese tipo de plantaciones.

Los papas pájaros decían a sus hijos pajaritos:

-No vayan a los montes de pinos, los árboles están muy juntos, debajo de las ramas, está
muy oscuro, y, si se pierden, no van a encontrar ningún alimento; nada crece a la sombra de esos
árboles.

Así, todos los pájaros preferían vivir en la zona de la chacra, donde se conservaba el antiguo
monte: lapachos, laureles, timbó y todo tipo de árboles; grandes y pequeños, altos y bajos.

En el monte había una gran variedad de pájaros: benteveos, zorzales, gorriones, tucanes,
pilinchos, tordos, tico-ticos, azulejos y muchos más. Vivían felices y compartían los alimentos que les
proveía la naturaleza. También había algunos animales salvajes, como carpinchos, erizos, osos
hormigueros y coatíes, y, además, muchos insectos.

Los pájaros hacían sus nidos en las ramas más altas de los árboles, para que ningún animal
comiera sus huevitos o atacara a sus pichones.

Esta primavera habían nacido un montón de pajaritos. Don Ramón observaba a sus papas
que trabajaban afanosamente para alimentar a los exigentes críos que, cuando pasaban algún rato
sin comer, se ponían a gritar con todas las fuerzas. También los veía posados sobre su tractor,
cuando araba y preparaba la tierra para sembrar el maíz. Los pájaros lo seguían tratando de cazar
alguna lombriz desprevenida. Y, cuando iba al gallinero, lo acompañaban para disputar algunos
granos con los pollitos.

Don Ramón sabía que los pájaros eran sus amigos, porque al comerse los insectos, protegían
su huerta y verduras de las plagas, tan frecuentes en la época de calor.

A don Ramón y a su esposa, doña Paulina, les gustaba caminar al atardecer, observar el
cielo, las plantaciones e imaginar cuánto crecerían los pollitos en algunos meses.

En los días secos, disfrutaban regando las flores del jardín.

Una tarde de octubre, se percibía en el ambiente un aire especial; el clima estaba pesado y
había muchos insectos, como anunciando una tormenta. Don Ramón observaba el cielo y fruncía el
ceño. No le gustaba nada. Sus huesos también le avisaban del temporal. Le dijo a su esposa que le
convenía guardar la ropa colgada, que había que hacer entrar a todos los animales en el galpón del
fondo, y cerrar todas las ventanas de la casa. Luego, se acostaron a dormir.

A medianoche, comenzó a soplar un viento huracanado terrible.

La casa de madera que tantos años los había protegido crujía como quejándose de los
embates del temporal. Los animales encerrados ni se movían. Don Ramón observó desde la
ventana cómo bailaban los árboles del jardín y rogaba a Dios que quedaran ahí firmes, como
centinelas de la casa. Pero fue en vano; la luz intermitente de los relámpagos alumbró el panorama,
y vio cómo se desgarraba un enorme lapacho, que cada primavera los había alegrado con sus
coloridas flores. Se desplomó sobre el cerco del gallinero destruyéndolo, por completo, pero, por lo
menos, su casa seguía de pie.

Don Ramón estaba muy asustado y sólo mantenía la calma para no alarmar a su mujer, que
era tremendamente asustadiza. Se asomó para ver un poco más lejos y le dio miedo observar,
gracias a la luz de los relámpagos, las copas de los árboles sacudidas como plumeros gigantes,
frenéticos, que tocaban la tierra y volvían a levantarse.

Así pasaron unos cuarenta minutos que parecieron eternos.

Luego, la lluvia intensa, espesa, cubrió todo el espacio oscuro. Don Ramón y su esposa
durmieron intranquilos.


Se levantaron cuando los primeros rayos del sol acariciaban la tierra. Don Ramón se vistió, y,
antes de desayunar, salió a contemplar el paisaje desolador. El pinar, que él había plantado hacía
veinte años pensando en sus hijos y nietos, se hallaba por el suelo. No podía creer lo que veían sus
ojos. Los árboles, que hacía unas horas estaban de pie, con sus copas tendidas al cielo, ahora,

tenían sus troncos tronchados, como si una motosierra
gigante hubiese arrasado todo durante la noche. Estaban
desflecados, retorcidos, como si el viento los hubiese usado
para divertirse.

Nunca había visto algo igual... Su corazón latía fuerte,
su trabajo de plantar, combatir plagas, cuidar que la maleza
no cubriera todo había sido destruido en unos minutos.

Se sintió pequeño y triste. Bajó su cabeza, se sentó
sobre un tronco derrumbado y se quedó en silencio.

¡Qué sorpresa fue para él escuchar el piar
desconsolado de los pájaros! Centenares de aves se
quejaban y expresaban lo mismo que él sentía. Volaban
buscando una respuesta. No encontraban sus nidos, ni sus

padres, ni sus árboles. Estaban desorientados, dolidos. Su canto era lastimero.

Se posaban sobre los troncos caídos, y sus trinos no eran dulces o alegres, sino de queja, de
dolor, como pidiendo una explicación al hombre que estaba compartiendo con ellos esa ruina y
desolación.

Don Ramón percibió que toda la naturaleza, herida y derrotada, era bañada por los rayos del
sol. El calorcito sobre su cuerpo le hizo pensar que tendría que seguir trabajando como lo había
hecho siempre. Se sentía abatido como las aves; el viento les había arrancado toda la seguridad que
poseían, sus nidos y sus árboles. Don Ramón pensó que ante las fuerzas naturales, los hombres
son frágiles e indefensos como los pájaros, y que todos deberían saber que los grandes cambios
que se producen en la tierra, alteran su equilibrio y desencadenan estos desastres. Con tristeza, se
preguntó: ¿en qué planeta vivirían sus nietos? ¿Cómo el hombre no se daba cuenta de todo el daño
que estaba provocando? Continuaría con su trabajo en la chacra, era la ley de la vida, a veces dura
e incomprensible. Pero sus hijos y nietos necesitaban su ejemplo.

María Mercedes Jiménez de Gallero.

lunes, 17 de septiembre de 2012

LOS ÁRBOLES DEL MONTE.


Había una vez un monte con muchos árboles. Algunos habían nacido en ese mismo lugar y,
por eso, se los llamaba autóctonos. Otros habían sido plantados por don Ramón, quien tenía allí una
chacra.
Los pajaritos preferían hacer sus nidos en los árboles autóctonos. ¿Por qué les gustaban más
que los otros? Porque eran variados, tenían frutas de colores y ramas de diferentes formas y
dimensiones más apropiadas para sostener los nidos.
En cambio, en las superficies cubiertas de pino, todas las ramas crecían en forma simétrica,
no entraba la luz, no tenían frutas, y ningún pájaro construía su nido en ese tipo de plantaciones.
Los papas pájaros decían a sus hijos pajaritos:
- No vayan a los montes de pinos, los árboles están muy juntos, debajo de las ramas, está
muy oscuro, y, si se pierden, no van a encontrar ningún alimento; nada crece a la sombra de esos
árboles.
Así, todos los pájaros preferían vivir en la zona de la chacra, donde se conservaba el antiguo
monte: lapachos, laureles, timbó y todo tipo de árboles; grandes y pequeños, altos y bajos.
En el monte había una gran variedad de pájaros: benteveos, zorzales, gorriones, tucanes,
pilinchos, tordos, tico-ticos, azulejos y muchos más. Vivían felices y compartían los alimentos que les
proveía la naturaleza. También había algunos animales salvajes, como carpinchos, erizos, osos
hormigueros y coatíes, y, además, muchos insectos.
Los pájaros hacían sus nidos en las ramas más altas de los árboles, para que ningún animal
comiera sus huevitos o atacara a sus pichones.
Esta primavera habían nacido un montón de pajaritos. Don Ramón observaba a sus papas
que trabajaban afanosamente para alimentar a los exigentes críos que, cuando pasaban algún rato
sin comer, se ponían a gritar con todas las fuerzas. También los veía posados sobre su tractor,
cuando araba y preparaba la tierra para sembrar el maíz. Los pájaros lo seguían tratando de cazar
alguna lombriz desprevenida. Y, cuando iba al gallinero, lo acompañaban para disputar algunos
granos con los pollitos.
Don Ramón sabía que los pájaros eran sus amigos, porque al comerse los insectos, protegían
su huerta y verduras de las plagas, tan frecuentes en la época de calor.
A don Ramón y a su esposa, doña Paulina, les gustaba caminar al atardecer, observar el
cielo, las plantaciones e imaginar cuánto crecerían los pollitos en algunos meses.
En los días secos, disfrutaban regando las flores del jardín.
Una tarde de octubre, se percibía en el ambiente un aire especial; el clima estaba pesado y
había muchos insectos, como anunciando una tormenta. Don Ramón observaba el cielo y fruncía el
ceño. No le gustaba nada. Sus huesos también le avisaban del temporal. Le dijo a su esposa que le
convenía guardar la ropa colgada, que había que hacer entrar a todos los animales en el galpón del
fondo, y cerrar todas las ventanas de la casa. Luego, se acostaron a dormir.
A medianoche, comenzó a soplar un viento huracanado terrible.
La casa de madera que tantos años los había protegido crujía como quejándose de los
embates del temporal. Los animales encerrados ni se movían. Don Ramón observó desde la
ventana cómo bailaban los árboles del jardín y rogaba a Dios que quedaran ahí firmes, como
centinelas de la casa. Pero fue en vano; la luz intermitente de los relámpagos alumbró el panorama,
y vio cómo se desgarraba un enorme lapacho, que cada primavera los había alegrado con sus
coloridas flores. Se desplomó sobre el cerco del gallinero destruyéndolo, por completo, pero, por lo
menos, su casa seguía de pie.
Don Ramón estaba muy asustado y sólo mantenía la calma para no alarmar a su mujer, que
era tremendamente asustadiza. Se asomó para ver un poco más lejos y le dio miedo observar,
gracias a la luz de los relámpagos, las copas de los árboles sacudidas como plumeros gigantes,
frenéticos, que tocaban la tierra y volvían a levantarse.
Así pasaron unos cuarenta minutos que parecieron eternos.
Luego, la lluvia intensa, espesa, cubrió todo el espacio oscuro. Don Ramón y su esposa
durmieron intranquilos.
Se levantaron cuando los primeros rayos del sol acariciaban la tierra. Don Ramón se vistió, y,
antes de desayunar, salió a contemplar el paisaje desolador. El pinar, que él había plantado hacía
veinte años pensando en sus hijos y nietos, se hallaba por el suelo. No podía creer lo que veían sus
ojos. Los árboles, que hacía unas horas estaban de pie, con sus copas tendidas al cielo, ahora,
tenían sus troncos tronchados, como si una motosierra
gigante hubiese arrasado todo durante la noche. Estaban
desflecados, retorcidos, como si el viento los hubiese usado
para divertirse.
Nunca había visto algo igual... Su corazón latía fuerte,
su trabajo de plantar, combatir plagas, cuidar que la maleza
no cubriera todo había sido destruido en unos minutos.
Se sintió pequeño y triste. Bajó su cabeza, se sentó
sobre un tronco derrumbado y se quedó en silencio.
¡Qué sorpresa fue para él escuchar el piar
desconsolado de los pájaros! Centenares de aves se
quejaban y expresaban lo mismo que él sentía. Volaban
buscando una respuesta. No encontraban sus nidos, ni sus
padres, ni sus árboles. Estaban desorientados, dolidos. Su canto era lastimero.
Se posaban sobre los troncos caídos, y sus trinos no eran dulces o alegres, sino de queja, de
dolor, como pidiendo una explicación al hombre que estaba compartiendo con ellos esa ruina y
desolación.
Don Ramón percibió que toda la naturaleza, herida y derrotada, era bañada por los rayos del
sol. El calorcito sobre su cuerpo le hizo pensar que tendría que seguir trabajando como lo había
hecho siempre. Se sentía abatido como las aves; el viento les había arrancado toda la seguridad que
poseían, sus nidos y sus árboles. Don Ramón pensó que ante las fuerzas naturales, los hombres
son frágiles e indefensos como los pájaros, y que todos deberían saber que los grandes cambios
que se producen en la tierra, alteran su equilibrio y desencadenan estos desastres. Con tristeza, se
preguntó: ¿en qué planeta vivirían sus nietos? ¿Cómo el hombre no se daba cuenta de todo el daño
que estaba provocando? Continuaría con su trabajo en la chacra, era la ley de la vida, a veces dura
e incomprensible. Pero sus hijos y nietos necesitaban su ejemplo.

María Mercedes Jiménez de Gallero

sábado, 3 de diciembre de 2011

El árbol del ruiseñor

Hubo una vez un lindo ruiseñor que hacía su nido en la copa de un gran roble. Todos los días el bosque despertaba con sus maravillosos trinos.
La vida volvía a nacer entre sus ramas. Las hojas crecían y crecían. También lo hacían los polluelos del pequeño pajarito.
Su nido estaba hecho de ramitas y hojas secas.
Algunas ardillas curiosas se acercaban para ver como los polluelos picoteaban el cascarón hasta dejar un hueco en el que poder estirar su cuello. Empujaban con fuerza y lograban salir hacia fuera.
Sus plumitas estaban húmedas. En unas cuantas horas se habrían secado y los nuevos polluelos se sorprenderían de lo que les rodeaba.
El árbol estaba orgulloso de ellos. Él también era envidiado por los demás árboles no sólo por tener al ruiseñor sino por la belleza de su tronco y sus hojas. Era grandioso verlo en primavera.
Al llegar el otoño, las hojitas de los árboles volaban hacia el suelo. Con gran tristeza caían, pero el viento las mimaba y las dejaba caer con suavidad. Al pasar el tiempo éstas serían el abono para las nuevas plantas.
Al ruiseñor le gustaba jugar entre sombra y sombra. Revoloteaba haciendo piruetas, buscando la luz y cuando un rayo de sol iluminaba sus plumas, unas lindas notas musicales acompañaban su alegría y la de sus polluelos.

Un día un hongo fue a vivir con él. Ya lo conocía de antes se llamaba Dedi, bueno, tenía un nombre muy raro, pero ellos le llamaban así.

El roble comenzó a sentirse enfermito, tenía muchos picores y su piel se arrugaba.
De vez en cuando le corría un cosquilleo por el tronco.
Estaba un poco descolorido, ni siquiera tenía ganas de que los ciempiés jugaran alrededor de sus raíces.
Él hongo estaba celoso del árbol y de su amistad con el ruiseñor.
Pensó que si le enfermaba, el ruiseñor le haría mas caso a él, envidioso de su amor no le importó hacerle sufrir.
Los demás animales convencieron al hongo para que abandonara al árbol. Así conseguiría, ser su amigo pero nunca por la fuerza.
A partir de aquel día siempre se juntaban para ver amanecer.

El hongo aprendió una gran lección, su poder y su fuerza debía utilizarlas, para algo bueno, para crear, no para destruir

Marisa Moreno

El árbol del orgullo

Si bajan a la Costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques entre el desierto y el gran mar sin mareas, oirán una extraña leyenda sobre un santo de los siglos oscuros. Ahí, en el límite crepuscular del continente oscuro, perduran los siglos oscuros. Sólo una vez he visitado esa costa; y aunque está enfrente de la tranquila ciudad italiana donde he vivido muchos años, la insensatez y la trasmigración de la leyenda casi no me asombraron, ante la selva en que retumbaban los leones y el oscuro desierto rojo. Dicen que el ermitaño Securis, viviendo entre árboles, llegó a quererlos como a amigos; pues, aunque eran grandes gigantes de muchos brazos, eran los seres más inocentes y mansos; no devoraban como devoran los leones; abrían los brazos a las aves. Rogó que los soltaran de tiempo en tiempo para que anduvieran como las otras criaturas. Los árboles caminaron con las plegarias de Securis, como antes con el canto de Orfeo. Los hombres del desierto se espantaban viendo a lo lejos el paseo del monje y de su arboleda, como un maestro y sus alumnos. Los árboles tenían esa libertad bajo una estricta disciplina; debían regresar cuando sonara la campana del ermitaño y no imitar de los animales sino el movimiento, no la voracidad ni la destrucción. Pero uno de los árboles oyó una voz que no era la del monje; en la verde penumbra calurosa de una tarde, algo se había posado y le hablaba, algo que tenía la forma de un pájaro y que otra vez, en otra soledad, tuvo la forma de una serpiente. La voz acabó por apagar el susurro de las hojas, y el árbol sintió un vasto deseo de apresar a los pájaros inocentes y de hacerlos pedazos. Al fin, el tentador lo cubrió con los pájaros del orgullo, con la pompa estelar de los pavos reales. El espíritu de la bestia venció al espíritu del árbol, y éste desgarró y consumió a los pájaros azules, y regresó después a la tranquila tribu de los árboles. Pero dicen que cuando vino la primavera todos los árboles dieron hojas, salvo este que dio plumas que eran estrelladas y azules. Y por esa monstruosa asimilación, el pecado se reveló.

FIN

G.K. Chesterton

Los árboles son grises

La gata fue donde su dueña Natalia, quien vivía en su granja con sus abuelos y sus tíos. Esta gata gris era muy especial puesto que en algún pasado trato de salvar la vida de Natalia y sus padres, lastimosamente solo Natalia sobrevivió. Desde aquel día la conexión que hubo entre la gata y Natalia fue única, ambas dormían juntas, caminaban, comían, jugaban y en fin toda actividad lo hacían juntas.
Con el paso del tiempo Natalia creció y la gata gris envejeció, aunque Natalia tuvo sus amoríos nunca dejo a un lado a su gata gris. Un día una anciana toco la puerta de la granja, su tío se llevó una gran sorpresa al atender la puerta, era la mejor amiga de la mamá de Natalia, camino hacia la sala y se sentó junto a la familia, furiosa les lamento la muerte de su mejor amiga, furiosa lo hizo porque reclamo el hecho de que no le habían comentado lo sucedido con la mama de Natalia, la abuela trato de calmarla pero esto hizo que la amiga se enfurezca mas, soltando diablos la anciana reclamaba más fuerte y comenzó una riña entre ella y la familia. De repente apareció Natalia con su gata gris, la anciana miro a la gata y aseguro que algún día la mama de Natalia le había legado su gata gris cuando ella falleciera, Natalia indispuesta a creer esto se negó a entregar su fiel mascota a dicha anciana, la anciana se marcho furiosa y en son de amenaza.
Días después volvió la anciana junto con su esposo quien era militar y una tropa de policías dispuestos a hacer cualquier cosa por recuperar a la gata gris, Natalia se encerró en su cuarto junto con la gata pero un grupo de policías subía por la ventana para atraparlos, amenazaban con matar a Natalia, la gata comprendió la situación y al sentirse culpable se despojo de los brazos de su dueña brinco por la ventana eludiendo a todo policía y obstáculo que se le atravesara corriendo por la pradera, con ánimos de suicidio se golpeo contra un auto de policía, terminando con su vida. Después Natalia muy triste tomo el cadáver de su gatita gris y lo enterró bajo el único nogal que adornaba el patio, tanta fue la pena de la gata y de Natalia que el árbol se torno gris y acompaño durante generaciones a aquella familia. Lo que nunca se sabrá es por qué la anciana quería tanto a esa gata y por qué la familia de Natalia nunca la defendió de la anciana.

Fer Salami