En una pequeña ciudad había una sola tienda que vendía árboles de Navidad. Allí se podían encontrar arboles de todos los tamaños, formas y colores. El dueño de la tienda había organizado un concurso para premiar al arbolito más bonito y mejor decorado del año. Lo mejor de todo, es que sería el mismo San Nicolás quien iba a entregar el premio, el día de Navidad.
Todos los niños de la ciudad querían ser premiados por Santa y acudieron a la tienda a comprar su arbolito para decorarlo y poder concursar. Los arbolitos se emocionaban mucho al ver a los niños y decididos a ser el elegido, les gritaban: ¡A mí... a mí... mírame a mí!
Cada vez que entraba un niño a la tienda era igual, los arbolitos comenzaban a esforzarse por llamar la atención y lograr ser escogidos. ¡A mí que soy grande!... ¡no, no a mí que soy gordito!... o ¡a mí que soy de chocolate!... o ¡a mí que puedo hablar!. Se oía en toda la tienda.
Pasando los días, la tienda se fue quedando sin arbolitos y sólo se escuchaba la voz de un arbolito que decía: A mí, a mí... que soy el más chiquito.
A la tienda llegó, casi en vísperas de Navidad, una pareja muy elegante que quería comprar un arbolito.
El dueño de la tienda les informó que el único árbol que le quedaba era uno muy pequeñito, pero sin importarles el tamaño, la pareja decidió llevárselo. El arbolito pequeño se alegró mucho, pues al fin, alguien lo iba a poder decorar para Navidad y podría participar en el concurso.
Al llegar a la casa grande, donde vivía la pareja, el arbolito se sorprendió: ¿Cómo siendo tan pequeño, podré lucir ante tanta belleza y majestuosidad?, pensó. Una vez que la pareja entró a la casa, comenzaron a llamar a la hija: ¡Regina!... ven... ¡hija!... te tenemos una sorpresa.
El arbolito escuchó unas rápidas pisadas provenientes del piso de arriba. Su corazoncito empezó a latir con fuerza. Estaba dichoso de poder hacer feliz a una linda niñita. Al bajar la niña, el pequeño arbolito, se impresionó de la reacción de ésta.
¿Esto es mi arbolito?... Yo quería un árbol grande, frondoso, enorme hasta el cielo, para decorarlo con miles de luces y esferas. ¿Cómo voy a ganar el concurso con este arbolito enano? Dijo la niña rompiendo en llanto. Regina, era el único arbolito que quedaba en la tienda. Explicó su padre. ¡No lo quiero!...es horrendo... ¡no lo quiero! Gritaba furiosa la niña. Los padres, desilusionados, tomaron al pequeño arbolito y lo llevaron de regreso a la tienda.
El arbolito estaba triste porque la niña no lo había querido pero tenía la esperanza de que alguien vendría por él y podrían decorarlo a tiempo para la Navidad. Unas horas más tarde, se escuchó que abrían la puerta de la tienda. ¡A mí... a mí... que soy el más chiquito. Gritaba el arbolito lleno de felicidad.
Era una pareja robusta, de grandes cachetes colorados y manos enormes. El señor de la tienda les informó que el único árbol que le quedaba era aquel pequeñito de la ventana. La pareja tomó al arbolito y sin darle importancia a lo del tamaño, se marchó con este. Llegando a la casa, el arbolito vio como salían a su encuentro dos niños gordos que gritaban: ¿Lo encontraste papi?... ¿Es cómo te lo pedimos mami?
Al bajar los padres del coche, los niños se le fueron encima al pequeño arbolito.
¿Y qué pasó después? Imagina el final de la historia o inventa uno con tu familia…verás que será una bonita experiencia. Sólo echen a volar la imaginación...
Fuente:guiainfantil.com
lunes, 6 de diciembre de 2010
El cuento del suave pino y el duro roble
Erase una montaña tan pero tan alta, que nunca era posible ver la cumbre; primero porque la vista no podía llegar tan alto y segundo porque ella siempre estaba cubierta de nubes, de muchas nubes; sólo el viento podía llegar a esa altura. En el tope de la montaña habían algunas piedras, siempre acurrucadas por el frío, no había animales y en ella habitaban dos árboles; ellos eran muy valientes porque eran los únicos capaces de vivir en ese sitio, donde siempre habían nubes, y casi no había Sol. Los dos árboles estaban uno al lado del otro y ambos eran muy altos, tan pero tan altos que ni siquiera con la imaginación más grande era posible ver sus copas. Uno de ellos era un Roble, muy elegante, duro y serio; él se creía el árbol más fuerte y bello de todo el mundo; a su lado el otro árbol era un Pino, también muy elegante, pero no tanto como el Roble, era más blando y tierno, no tan fuerte, pero sí tan alto como el Roble; sus puntas estaban a la misma altura, claro con ciertas pequeñas dudas: el Roble era considerado como el mejor de los dos.
Un día de Diciembre, que era el mes de mayor frío, un viento del Sur sopló y sopló, ambos árboles sintieron que ese viento no era igual al de todos los días, era más caliente como son los vientos del Sur, era mucho más fuerte, entonces el Roble se dijo:
Con mi fuerza y mi poder no hay viento que me asuste.
El Pino, un poco mas sencillo, se dijo:
Ese viento es peligroso, no se calma, mas bien aumenta de intensidad; esto no me gusta.
El Viento sopló más y más fuerte, algunas de las piedras del piso se movieron de su sitio e incluso, algunas se hundieron en la tierra, las nubes se movieron con tal rapidez que sólo se les veía por un instante y ahí no terminó todo; el viento se puso aún más fuerte. El Roble no temía, él era fuerte y duro, y aguantaría cualquier cosa; el Pino que era más blando se comenzó a doblar y a doblar, e incluso hubo momentos en los cuales la punta del Pino tocó el piso, este sentía por eso gran dolor, pero se doblaba y no se partía. El Roble comenzó a doblarse y doblarse, pero era tan rígido y fuerte que al no permitir que él mismo se doblara, empezó a resquebrajarse y a perder sus ramas.
El Pino lo observó y le dijo:
Déjate doblar, así no te partirás.
Pero el orgulloso Roble, le contestó:
No, yo soy fuerte y no me doblaré, yo aguantaré, ya tu verás.
Al Pino no se le partió ni una sola rama, pero el Roble al no permitir que sus ramas se doblaran, empezó a perderlas e incluso perdió parte del tronco; el Pino le decía:
Amigo, si no te doblas, te vendrás abajo, no te resistas.
Y el Roble le contestaba:
No permitiré que mi cuerpo, hermoso y elegante, se doble.
El viento sopló más fuerte, tan fuerte que ya las palabras no se oían; sólo se escuchaba el chirrido agudo que atormentaba los oídos y que sólo lo produce el viento al soplar muy fuerte. En ese momento el Roble comenzó a partirse por la mitad; el Pino viendo aquella situación decidió doblarse al máximo y así al acercarse, pudo soportar el peso del Roble y logró que éste no se partiera y muy poco a poco, fue logrando que el Roble se doblara hacia él, siempre, el Pino sosteniéndolo y de esa manera el Roble pudo tolerar la inmensa furia del viento.
Poco a poco el viento pasó, tardó días en dejar de soplar por completo, el Pino sentía un gran cansancio, no sólo por luchar contra el viento, sino por tener que soportar el enorme peso del Roble para que éste no se partiera, y por ello el Pino, nuestro amigo, quedó extenuado. Al terminar de soplar el viento, el Roble se pudo enderezar y el Pino quedó doblado, había sido tanto el esfuerzo que no pudo enderezarse; el Roble había perdido parte de su tronco, muchas hojas y ramas, pero estaba todavía en pie y al ver al Pino doblado le dijo:
Amigo Pino, ¡que gran amigo eres tú!, te has sacrificado por mi, que incluso te despreciaba por tu debilidad; me has demostrado que la debilidad en algunos momentos de la vida, es lo que más fuerza nos da y que hay que ser flexible y eso te permite tolerar los vientos más fuertes, y me has enseñado que la fuerza esta en la amistad y en la tolerancia. Gracias, querido amigo, de los dos, tu eres el más fuerte y aún doblado, eres el más bello de nosotros dos.
Y así, luego de ese gran susto, ambos árboles estando aún de pie, fueron grandes amigos y lograron crecer aún mucho más, con el tiempo y con algunas ramas del Roble que ayudaron, nuestro amigo el Pino logro enderezarse y hoy por hoy, es un Pino muy derecho y muy bello.
Un día de Diciembre, que era el mes de mayor frío, un viento del Sur sopló y sopló, ambos árboles sintieron que ese viento no era igual al de todos los días, era más caliente como son los vientos del Sur, era mucho más fuerte, entonces el Roble se dijo:
Con mi fuerza y mi poder no hay viento que me asuste.
El Pino, un poco mas sencillo, se dijo:
Ese viento es peligroso, no se calma, mas bien aumenta de intensidad; esto no me gusta.
El Viento sopló más y más fuerte, algunas de las piedras del piso se movieron de su sitio e incluso, algunas se hundieron en la tierra, las nubes se movieron con tal rapidez que sólo se les veía por un instante y ahí no terminó todo; el viento se puso aún más fuerte. El Roble no temía, él era fuerte y duro, y aguantaría cualquier cosa; el Pino que era más blando se comenzó a doblar y a doblar, e incluso hubo momentos en los cuales la punta del Pino tocó el piso, este sentía por eso gran dolor, pero se doblaba y no se partía. El Roble comenzó a doblarse y doblarse, pero era tan rígido y fuerte que al no permitir que él mismo se doblara, empezó a resquebrajarse y a perder sus ramas.
El Pino lo observó y le dijo:
Déjate doblar, así no te partirás.
Pero el orgulloso Roble, le contestó:
No, yo soy fuerte y no me doblaré, yo aguantaré, ya tu verás.
Al Pino no se le partió ni una sola rama, pero el Roble al no permitir que sus ramas se doblaran, empezó a perderlas e incluso perdió parte del tronco; el Pino le decía:
Amigo, si no te doblas, te vendrás abajo, no te resistas.
Y el Roble le contestaba:
No permitiré que mi cuerpo, hermoso y elegante, se doble.
El viento sopló más fuerte, tan fuerte que ya las palabras no se oían; sólo se escuchaba el chirrido agudo que atormentaba los oídos y que sólo lo produce el viento al soplar muy fuerte. En ese momento el Roble comenzó a partirse por la mitad; el Pino viendo aquella situación decidió doblarse al máximo y así al acercarse, pudo soportar el peso del Roble y logró que éste no se partiera y muy poco a poco, fue logrando que el Roble se doblara hacia él, siempre, el Pino sosteniéndolo y de esa manera el Roble pudo tolerar la inmensa furia del viento.
Poco a poco el viento pasó, tardó días en dejar de soplar por completo, el Pino sentía un gran cansancio, no sólo por luchar contra el viento, sino por tener que soportar el enorme peso del Roble para que éste no se partiera, y por ello el Pino, nuestro amigo, quedó extenuado. Al terminar de soplar el viento, el Roble se pudo enderezar y el Pino quedó doblado, había sido tanto el esfuerzo que no pudo enderezarse; el Roble había perdido parte de su tronco, muchas hojas y ramas, pero estaba todavía en pie y al ver al Pino doblado le dijo:
Amigo Pino, ¡que gran amigo eres tú!, te has sacrificado por mi, que incluso te despreciaba por tu debilidad; me has demostrado que la debilidad en algunos momentos de la vida, es lo que más fuerza nos da y que hay que ser flexible y eso te permite tolerar los vientos más fuertes, y me has enseñado que la fuerza esta en la amistad y en la tolerancia. Gracias, querido amigo, de los dos, tu eres el más fuerte y aún doblado, eres el más bello de nosotros dos.
Y así, luego de ese gran susto, ambos árboles estando aún de pie, fueron grandes amigos y lograron crecer aún mucho más, con el tiempo y con algunas ramas del Roble que ayudaron, nuestro amigo el Pino logro enderezarse y hoy por hoy, es un Pino muy derecho y muy bello.
El árbol de los problemas
El carpintero que habia contratado había tenido un duro dia de trabajo. Su cortadora electrica se paró varias veces y le hizo perder tiempo y paciencia. Ahora que su jornada había finalizado, su antigua camioneta se negaba a arrancar.
Mientras lo llevaba a su casa, permaneció en silencio. Una vez que llegamos, me invito a conocer su familia.
Mientras nos dirigiamos a la puerta de su casa, se detuvo frente a un pequeño arbol y toco las puntas de las ramas con ambas manos.
Cuando abrio la puerta, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara estaba plena de sonrisas. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa.
Despues me acompañó hasta el auto. Cuando pasamos cerca del arbol, sentí curiosidad y le pregunte acerca de lo que habia visto hacer un rato antes.
Y me respondio: "Oh, ese es mi arbol de los problemas".
"Se que yo no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no peretenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Asi que simplemente los cuelgo en el arbol cada noche cuando llego a casa. Luego en la mañana, los recojo otra vez".
"Lo divertido es", dijo sonriendo, "que cuando salgo en la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior".
A veces en nuestro orgullo, podemos pensar que un albañil, un fontanero, o un carpintero no pueden enseñarnos nada nuevo. Este hombre me hizo recordar que fué un humilde carpintero de Nazaret, el que devolvió la alegría y la esperanza a este mundo.
Mientras lo llevaba a su casa, permaneció en silencio. Una vez que llegamos, me invito a conocer su familia.
Mientras nos dirigiamos a la puerta de su casa, se detuvo frente a un pequeño arbol y toco las puntas de las ramas con ambas manos.
Cuando abrio la puerta, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara estaba plena de sonrisas. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa.
Despues me acompañó hasta el auto. Cuando pasamos cerca del arbol, sentí curiosidad y le pregunte acerca de lo que habia visto hacer un rato antes.
Y me respondio: "Oh, ese es mi arbol de los problemas".
"Se que yo no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no peretenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Asi que simplemente los cuelgo en el arbol cada noche cuando llego a casa. Luego en la mañana, los recojo otra vez".
"Lo divertido es", dijo sonriendo, "que cuando salgo en la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior".
A veces en nuestro orgullo, podemos pensar que un albañil, un fontanero, o un carpintero no pueden enseñarnos nada nuevo. Este hombre me hizo recordar que fué un humilde carpintero de Nazaret, el que devolvió la alegría y la esperanza a este mundo.
sábado, 28 de agosto de 2010
El cuento del árbol
Había una vez, en las afueras de un pueblo, un árbol enorme y hermoso que vivía regalando a todos los que se acercaban el frescor de su sombra, el aroma de sus flores y el increíble canto de los pájaros que anidaban entre sus ramas.
El árbol era querido por todos, pero especialmente por los niños, que trepaban por el tronco y se balanceaban entre las ramas con su complicidad complaciente. Si bien el árbol amaba a la gente, había un niño que era su preferido. Aparecía siempre al atardecer, cuando los otros se iban.
-Hola, amiguito-decía el árbol y con gran esfuerzo bajaba sus ramas al suelo para ayudar al niño a trepar, permitiéndole además cortar algunos de sus brotes verdes para hacerse una corona de hojas aunque el desgarro le doliera un poco. El chico se balanceaba con ganas y le contaba al árbol las cosas que le pasaban en casa.
Casi de un día para otro, el niño se volvió adolescente y dejó de visitar al árbol.
Pasó el tiempo…y de repente, una tarde, el árbol lo vio caminando a lo lejos y lo llamó con entusiasmo:
-Amigo…amigo…Ven, acércate…Cuanto hace que no vienes…Trepa y charlemos.
-No tengo tiempo para estupideces-dijo el muchacho.
-Pero…disfrutábamos tanto juntos cuando eras pequeño…
-Antes no sabía que se necesitaba dinero para vivir, ahora busco dinero. ¿Tienes dinero para darme?.
El árbol se entristeció un poco, pero se repuso enseguida.
-No tengo dinero, pero tengo mis ramas llenas de frutos. Podrías subir y llevarte algunos, venderlos y obtener el dinero que necesitas…
-Buena idea-dijo el muchacho y subió por la rama que el árbol le tendió para que trepara como cuando era chico.
Y arrancó todos los frutos del árbol, incluidos los que aún no estaban maduros.
Llenó con ellos una bolsa de arpillera y se fue al mercado. El árbol se sorprendió de que su amigo no le dijera ni gracias, pero dedujo que tendría urgencia por llegar antes de que cerraran los compradores.
Pasaron diez años hasta que el árbol vio pasar otra vez a su amigo. Era ya un adulto.
-¡Qué grande estás!-le dijo emocionado-; ven, sube como cuando eras niño, cuéntame de ti.
-No entiendes nada, como para trepar estoy yo…Lo que necesito es una casa. ¿Podrías acaso darme una?
El árbol pensó unos minutos.
-No, pero mis ramas son fuertes y elásticas. Podrías hacer una casa muy resistente con ellas.
El joven salió corriendo con la cara iluminada. Una hora más tarde, con una sierra cortó cada una de sus ramas, tanto las secas como las verdes. El árbol sintió el dolor, pero no se quejó. No quería que su amigo se sintiera culpable.
El árbol guardó silencio hasta que terminó la poda y después vio al joven alejarse esperando inútilmente una mirada o gesto de gratitud que nunca sucedió.
Con el tronco desnudo, el árbol se fue secando. Era demasiado viejo para hacer crecer nuevamente ramas y hojas que lo alimentaran. Quizás por eso, porque ya estaba viejo cuando lo vio venir años después, solamente dijo:
-Hola. ¿Qué necesitas esta vez?
-Quiero viajar. Pero,¿qué puedes tú hacer?. Ya no tienes ramas ni frutos que sirvan para vender.
-Qué importa hijo-dijo el árbol-, puedes cortar mi tronco…con él quizás consigas construir una canoa para recorrer el mundo a tus anchas.
-Buena idea-dijo el hombre.
Horas después volvió con un hacha y taló el árbol. Hizo una canoa y se fue.
Del viejo árbol quedó tan sólo el pequeño tocón a ras del suelo. Dicen que el árbol aún espera el regreso de su amigo para que le cuente de su viaje.
Nunca se dio cuenta de que ya no volvería.
El niño ha crecido, pero tristemente se ha vuelto un hombre de esos que nunca vuelven a donde no hay nada más para tomar.
El árbol espera, vacío, aunque sabe que no tiene nada más para dar.
Joman
El árbol era querido por todos, pero especialmente por los niños, que trepaban por el tronco y se balanceaban entre las ramas con su complicidad complaciente. Si bien el árbol amaba a la gente, había un niño que era su preferido. Aparecía siempre al atardecer, cuando los otros se iban.
-Hola, amiguito-decía el árbol y con gran esfuerzo bajaba sus ramas al suelo para ayudar al niño a trepar, permitiéndole además cortar algunos de sus brotes verdes para hacerse una corona de hojas aunque el desgarro le doliera un poco. El chico se balanceaba con ganas y le contaba al árbol las cosas que le pasaban en casa.
Casi de un día para otro, el niño se volvió adolescente y dejó de visitar al árbol.
Pasó el tiempo…y de repente, una tarde, el árbol lo vio caminando a lo lejos y lo llamó con entusiasmo:
-Amigo…amigo…Ven, acércate…Cuanto hace que no vienes…Trepa y charlemos.
-No tengo tiempo para estupideces-dijo el muchacho.
-Pero…disfrutábamos tanto juntos cuando eras pequeño…
-Antes no sabía que se necesitaba dinero para vivir, ahora busco dinero. ¿Tienes dinero para darme?.
El árbol se entristeció un poco, pero se repuso enseguida.
-No tengo dinero, pero tengo mis ramas llenas de frutos. Podrías subir y llevarte algunos, venderlos y obtener el dinero que necesitas…
-Buena idea-dijo el muchacho y subió por la rama que el árbol le tendió para que trepara como cuando era chico.
Y arrancó todos los frutos del árbol, incluidos los que aún no estaban maduros.
Llenó con ellos una bolsa de arpillera y se fue al mercado. El árbol se sorprendió de que su amigo no le dijera ni gracias, pero dedujo que tendría urgencia por llegar antes de que cerraran los compradores.
Pasaron diez años hasta que el árbol vio pasar otra vez a su amigo. Era ya un adulto.
-¡Qué grande estás!-le dijo emocionado-; ven, sube como cuando eras niño, cuéntame de ti.
-No entiendes nada, como para trepar estoy yo…Lo que necesito es una casa. ¿Podrías acaso darme una?
El árbol pensó unos minutos.
-No, pero mis ramas son fuertes y elásticas. Podrías hacer una casa muy resistente con ellas.
El joven salió corriendo con la cara iluminada. Una hora más tarde, con una sierra cortó cada una de sus ramas, tanto las secas como las verdes. El árbol sintió el dolor, pero no se quejó. No quería que su amigo se sintiera culpable.
El árbol guardó silencio hasta que terminó la poda y después vio al joven alejarse esperando inútilmente una mirada o gesto de gratitud que nunca sucedió.
Con el tronco desnudo, el árbol se fue secando. Era demasiado viejo para hacer crecer nuevamente ramas y hojas que lo alimentaran. Quizás por eso, porque ya estaba viejo cuando lo vio venir años después, solamente dijo:
-Hola. ¿Qué necesitas esta vez?
-Quiero viajar. Pero,¿qué puedes tú hacer?. Ya no tienes ramas ni frutos que sirvan para vender.
-Qué importa hijo-dijo el árbol-, puedes cortar mi tronco…con él quizás consigas construir una canoa para recorrer el mundo a tus anchas.
-Buena idea-dijo el hombre.
Horas después volvió con un hacha y taló el árbol. Hizo una canoa y se fue.
Del viejo árbol quedó tan sólo el pequeño tocón a ras del suelo. Dicen que el árbol aún espera el regreso de su amigo para que le cuente de su viaje.
Nunca se dio cuenta de que ya no volvería.
El niño ha crecido, pero tristemente se ha vuelto un hombre de esos que nunca vuelven a donde no hay nada más para tomar.
El árbol espera, vacío, aunque sabe que no tiene nada más para dar.
Joman
El árbol dador de deseos
Una vez un hombre estaba viajando y entró al paraiso por error.En el concepto indio del paraíso, hay árboles que conceden los deseos.
Simplemente, te sientas bajo uno de estos árboles, deseas cualquier cosa e inmediatamente se cumple. No hay espacio alguno entre el deseo y su cumplimiento.
El hombre estaba cansado, así que se durmió bajo un árbol dador de deseos. Cuando despertó, tenía hambre, entonces dijo: "¡Tengo tanta hambre! ¡Ojalá pudiera tener algo de comida!". E inmediatamente apareció la comida de la nada simplemente flotando en el aire, una comida deliciosa.
Tenía tanta hambre que no prestó atención de dónde había venido la comida. Cuando tienes hambre, no estás para filosofías. Inmediatamente empezó a comer, y la comida estaba deliciosa. Una vez que su hambre estuvo saciada, miro a su alrededor. Ahora se sentía satisfecho. Otro pensamiento surgió en él: "¡Si tan sólo pudiera tomar algo!" Y por ahora no hay ninguna prohibición en el paraíso, de modo que de inmediato apareció un vino estupendo.
Mientras bebía este vino tranquilamente, y soplaba una suave y fresca brisa bajo la sombra del árbol, comenzó a preguntarse: "Qué está pasando?¿Estoy soñando, o hay fantasmas que están jugándome una broma?"
Y aparecieron fantasmas feroces, horribles, nauseabundos. Comenzó a temblar y pensó: "Seguro que me matan!"
Y lo mataron.
Eugenio García Gonzalez
Simplemente, te sientas bajo uno de estos árboles, deseas cualquier cosa e inmediatamente se cumple. No hay espacio alguno entre el deseo y su cumplimiento.
El hombre estaba cansado, así que se durmió bajo un árbol dador de deseos. Cuando despertó, tenía hambre, entonces dijo: "¡Tengo tanta hambre! ¡Ojalá pudiera tener algo de comida!". E inmediatamente apareció la comida de la nada simplemente flotando en el aire, una comida deliciosa.
Tenía tanta hambre que no prestó atención de dónde había venido la comida. Cuando tienes hambre, no estás para filosofías. Inmediatamente empezó a comer, y la comida estaba deliciosa. Una vez que su hambre estuvo saciada, miro a su alrededor. Ahora se sentía satisfecho. Otro pensamiento surgió en él: "¡Si tan sólo pudiera tomar algo!" Y por ahora no hay ninguna prohibición en el paraíso, de modo que de inmediato apareció un vino estupendo.
Mientras bebía este vino tranquilamente, y soplaba una suave y fresca brisa bajo la sombra del árbol, comenzó a preguntarse: "Qué está pasando?¿Estoy soñando, o hay fantasmas que están jugándome una broma?"
Y aparecieron fantasmas feroces, horribles, nauseabundos. Comenzó a temblar y pensó: "Seguro que me matan!"
Y lo mataron.
Eugenio García Gonzalez
miércoles, 16 de junio de 2010
El pino
Allá en el bosque había un pino muy bello, que estaba en buen sitio, de modo que los rayos del sol podían llegar a él y tenía aire fresco en abundancia y alrededor crecían muchos camaradas mayores que él, pinos y abetos.
Pero este joven pino no quería más que crecer y crecer; no pensaba en los espléndidos rayos del sol, ni en el aire fresco, ni hacía caso de los niños que pasaban por allí charlando cada vez que salían al bosque a coger fresas y frambuesas. Muchas veces volvían con una cestita llena o con fresas ensartadas en pajas. Sentábanse entonces junto al arbolito y decían:
- ¡Qué chiquito y qué mono es!
Esto no le agradaba al arbolito de ninguna manera.
Al año siguiente estaba ya bastante más alto, y al siguiente había crecido otro tanto. A los pinos se les conocen los años que tienen, contando los nuevos retoños que echan.
- ¡Quién fuera un árbol grande como los demás! – suspiraba el arbolito -. Podría entonces extender mis ramas y con la copa dominar el ancho mundo. Los pájaros harían sus nidos en mis ramas y en tiempo de tempestad podría inclinarme con tanta distinción como los demás.
Ni el hermoso sol, ni los pájaros o las sonrosadas nubes que bogaban por encima de él mañana y noche le alegraban el corazón.
En invierno, cuando todo estaba cubierto con la blanca nieve, pasaba alguna vez una liebre, y saltaba derecha por encima del arbolito. ¡Oh, eso era indigno! Pero pasaron dos inviernos y al tercero el árbol estaba ya tan alto, que la liebre tenía que dar la vuelta para pasar.
- ¡Ah! ¡Crecer, crecer, ser alto y viejo, no hay nada más hermoso en el mundo! - pensaba el árbol.
Por los otoños venían leñadores y cortaban algunos de los árboles más altos. Todos los años sucedía lo mismo, y ahora que el joven pino había crecido y estaba bastante alto, temblaba de miedo y de espanto, porque caían sus compañeros a tierra con un ruido tremendo, les cortaban las ramas y quedaban completamente desnudos, largos y estrechos, casi desconocidos. Luego los colocaban en carros y los caballos se los llevaban lejos del bosque.
¿ A donde los llevarían? ¿Qué sería de ellos?
Cuando en la primavera llegaron la golondrina y la cigüeña, el árbol les preguntó:
- ¿No sabéis dónde los llevaron? ¿No los habéis encontrado en el camino?
La golondrina no sabía nada; pero la cigüeña tomó un aire pensativo, y meneando la cabeza dijo:
- Sí, estoy casi segura; a mi regreso de Egipto he encontrado muchos barcos nuevos, cuyos palos mayores eran magníficos; casi me atrevo a sostener que eran ellos, porque exhalaban el olor de los pinos. ¡Qué altos están!¡Todo lo dominan, todo!
- ¡Oh!, ¡quién tuviera edad para pasar el ancho mar!¿Cómo es el mar y a qué se parece?
- Algo difícil es explicarlo,-dijo la cigüeña, y se marchó-
- ¡Regocíjate de tu juventud!-dijeron los rayos del sol,-¡alégrate del desarrollo y de tu joven vida!
Y el aire besaba al árbol, y el rocío vertía lágrimas sobre él; pero el pino no lo entendía.
Por Navidad cortaban árboles muy jóvenes, que ni siquiera tenían aún la edad del joven pino, que no tenía reposo y que siempre quería ir adelante. A estos arbolitos les dejaban las ramas, los colocaban sobre carros y caballos y los llevaban del bosque.
-¿A dónde los llevarán?-preguntó el pino.
-No son mayores que yo, hasta había uno que era más pequeño. ¿Por qué les dejarían las ramas?¿A dónde van?
-¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos!-chirriaban los gorriones.-Abajo en la ciudad hemos mirado por las ventanas.¡Nosotros sabemos a dónde van!¡Ah!,¡alcanzan la mayor gloria que se puede imaginar! ¡Hemos mirado por las ventanas y visto que los plantan en medio de la habitación y los adornan con los más preciosos objetos, manzanas doradas, bollos, juguetes y centenares de luces!
-¿Y después?-preguntó el pino temblando en todas sus ramas.-¿y después? ¿Qué sucede después?
-¡Ah!, nosotros no hemos visto más.¡Era incomparable!
-¿Será mi suerte también llegar a tanta gloria?-pensaba con regocijo el arbolito.-¡Es mejor aún que pasar el mar!¡Ojalá fuera Navidad! Ahora estoy alto y crecido como los que se llevaron la última vez. ¡Quién estuviera ya en el carro, en la hermosa habitación!...¿Y después? Sí, después vendrá algo mejor, aún más hermoso, si no, ¿por qué me adornarían tanto? ¡Después vendrá algo más grande todavía, más espléndido!¿Por qué?¡Oh, yo sufro, la impaciencia me devora; no se lo que me pasa!
-Regocíjate de mí-dijeron el aire y la luz del sol; -¡alégrate de tu juventud aquí en el campo!
Pero el arbolito no se alegraba; crecía y crecía, verde y hermoso, invierno y verano. Las personas que le veían decían:
-¡Qué hermoso árbol!
Y por Navidad le cortaron el primero de todos. El hacha lo atravesó, y lanzando un suspiro el árbol cayó. Sintió un dolor, un desvanecimiento que no le dejaron pensar en la dicha. Estaba afligido de separarse del lugar, del sitio donde había nacido. Sabía que no volvería a ver más a los queridos amigos, a los pequeños arbustos y a las flores de alrededor, y acaso ni aún a los pajaritos. La marcha le causó mucha pena.
No volvió en sí el árbol hasta que llegados al patio le descargaron con los demás árboles y oyó decir a un hombre:
-¡ Este es magnífico, me hace falta otro!
Inmediatamente se acercaron dos lacayos y se llevaron el pino a una espléndida sala grande. Colgaban de las paredes grandes retratos y sobre la chimenea había grandes jarrones chinos con leones en por tapas; había aquí mecedoras, sofás con fundas de seda, grandes mesas cubiertas de libros, de estampas y juguetes que valían mas de cien monedas: por lo menos así lo decían los niños. El pino fue colocado en un gran tiesto lleno de arena que taparon con un paño verde y lo pusieron sobre una alfombra de varios colores. ¡Ah! , ¡cómo temblaba el árbol! ¿Qué le pasaría ahora? Los criados y las señoritas vinieron y le adornaron. Colgaban en sus ramas pequeñas redes cortadas de papel de colores y cada red estaba rellena de bombones. Manzanas y nueces doradas y unas cien luces blancas, azules y encarnadas fueron sujetadas en las ramas. Muñecas, que parecían seres humanos, - el árbol no había visto nunca otras como éstas, - estaban suspendidas de las ramas, y arriba del todo, en la copa, brillaba una estrella de oro. ¡Era magnífico! ¡Incomparable! -¡Esta noche, - decían todos, - esta noche como brillará
-¡Ah! – pensaba el árbol, - ¡cuándo llegará la noche!, ¡ cuándo encenderán las luces! ¡Y qué sucederá luego!¿Vendrán acaso los árboles del bosque a verme?¿Volarán los gorriones contra los cristales?¿Echaré raíces y creceré aquí invierno y verano tan hermoso y adornado?
¡Qué bien enterado estaba! Pero de pura impaciencia tenía dolor de corteza y eso para el árbol significa lo que para nosotros dolor de cabeza.
Por fin encendieron las luces. ¡Qué resplandor! ¡Qué magnificencia! El árbol temblaba en todas las ramas, de modo que una cuantas pinochas prendieron fuego en una de las luces. ¡Cómo quemaba!
-¡Gran Dios! – exclamaban las señoritas, y lo apagaron inmediatamente.
Y el árbol no debía temblar siquiera.
¡Qué miedo! Estaba tan preocupado y pensando que podaría perder algo de su adorno, y de tanto resplandor estaba aturdido.
Abrióse de repente la puerta y un gran número de niños se precipitó a la habitación, como si hubiesen querido echar abajo el árbol. Las personas mayores venían detrás, los niños quedaron mudos; pero sólo un momento, luego gritaron de alegría, bailaron alrededor del árbol y fueron quitando de él un regalo tras otro.
-¿Qué pensarán hacer? – decía el árbol entre sí. ¿Qué pasará?
Las luces se consumían hasta las ramas y enseguida las apagaban y a los niños se les dio permiso de saquear el árbol . ¡Oh, cómo se echaron encima de manera que crujían todas las ramas! Si no hubiera estado sujeto por la copa y la estrella de oro en el techo, seguramente le hubiesen derribado.
Los niños saltaban de un lado a otro con sus preciosos juguetes. Nadie hacía caso del árbol, excepto la vieja niñera que miraba con atención
Por entre las ramas, pero sólo para ver si por casualidad habían olvidado un higo o una manzana.
-¡Un cuento, un cuento! – gritaron los niños, empujando a un hombre pequeño y gordo en dirección donde estaba el árbol, y el hombre, sentándose debajo, de este modo decía:
Estamos como en el campo, y el árbol, si quiere poner atención a lo que voy a contar, podrá recibir una lección. Pero no voy a contar más que un solo cuento. ¿Queréis oír el del Ivede-Avede o el de Clumple-Dumpe, que a pesar de rodar la escalera, subió al trono y alcanzó la mano de la princesa?
¡Ivede-Avede! – gritaron unos, -¡ Clumple-Dumpe! – exclamaron otros.
¡Qué gritos y qué disputas¡ Sólo el pino callaba. Su papel había concluido, ¿ no había ya cumplido con su obligación?
El hombre contaba el Clumple-Dumpe, que a pesar de haber rodado la escalera, subió al trono y se casó con la princesa. Y los niños, dando palmadas, gritaban:
- ¡Cuenta, cuenta!- Querían oír también el cuento de Ivede-Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Clumple- Dumpe.
El pino estaba inmóvil y pensativo; los pajaritos, allá en el bosque, no habían contado nunca semejantes cuentos.-¡Clumpe-Dumpe rodó la escalera y sin embargo se casó con la princesa! ¡Sí, si, ese es el mundo! – pensaba el pino, y lo creía porque el que lo contaba era un hombre muy agradable. –Sí, sí, quién sabe..., acaso ruede yo también la escalera y me case luego con una princesa – Y se alegraba ya de pensar que al día siguiente le adornarían de nuevo con luces y juguetes, oro y fruta.
¡Mañana no temblaré! – pensaba. – Gozaré de toda mi magnificencia! Mañana oiré otra vez el cuento de Clumple-Dumpe, y acaso también el de Ivede-Avede. Y durante toda la noche el árbol estuvo silencioso y pensativo.
El día siguiente los criados y las criadas entraron.
¡Ahora me van a adornar de nuevo!- pensaba el árbol; pero ellos le sacaron arrastrando de la habitación y la escalera arriba hasta la guardilla donde lo colocaron en rincón oscuro, adonde la luz del día no llegaba.
-¿Qué significa esto? – pensaba el árbol . -¿Qué haré yo aquí?¿Qué querrán que oiga?- Y apoyándose contra la pared se puso a pensar y meditar. Y lugar tenía para hacerlo, porque pasaban días y noches. Nadie venía y cuando entró alguno, por fin, sólo era para colocar unos grandes armarios. El árbol estaba tan escondido, como si ya le hubiesen dado al olvido.
-¡Ahora debe ser invierno! – pensaba el árbol. – La tierra está dura y cubierta de nieve, los hombres no me pueden plantar; sin duda me dejan por eso aquí al abrigo hasta que llegue la primavera ¡Qué bien me cuidan! ¡Qué buenos son los hombres! ¡ Con tal de que no estuviese tan oscuro aquí y tan retirado! ¡ Ni siquiera una liebre se encuentra aquí! ¡Allá en el bosque, cuanta alegría cuando había nieve y la liebre pasaba, hasta cuando pasaba por encima de mí: es verdad, que entonces no me gustaba. ¡Qué triste y solitario estoy aquí!
¡Pi-pip! – dijo de repente un ratoncito y salió de su escondite seguido de otro. Olfateaban el pino y se escurrían por entre sus ramas.
-¡Qué frío tan cruel! – decían los ratoncitos.- ¡Por lo demás, esto es un sitio magnífico¡, ¿no es verdad, viejo pino?
-¡ Yo no soy viejo todavía! – replicó el pino.- ¡Los hay mucho más viejos que yo!
¿De dónde vienes? – preguntaron los ratones, - ¿y qué sabes? Eran muy curiosos.- ¡Cuéntanos de los sitios más hermosos del mundo! ¿Los has visto tú? ¿Has estado en la despensa, donde hay quesos, jamones, donde se baila sobre velas de sebo y donde se entra flaco y se sale gordo?
-Verdad es que no conozco ese sitio.-dijo el árbol, -pero conozco el bosque, donde da el sol y cantan los pájaros! Después les contó todos los acaecimientos de su juventud, y los ratoncitos que no habían oído nunca semejantes cosas, escuchaban con atención y decían: -¡Cuántas cosas has visto!¡Qué feliz has sido!
-¡Yo!- Replicó el pino y sólo entonces empezó a reflexionar sobre su propia historia.- ¡Sí, después de todo, eran tiempos felices! Pero luego contó lo sucedido en la Nochebuena, cuando le adornaron con bombones y luces.
-¡Oh!- decían los ratoncitos, -¡qué feliz has sido, viejo pino!
-¡Si yo no soy viejo¡-respondió el pino, - Hasta este invierno no había salido del bosque!
Estoy en la flor de mi edad, sólo que he crecido mucho.
-¡Qué bien cuentas las cosas.-decían los ratoncitos, y a la noche siguiente volvieron con cuatro ratoncitos más, para que oyesen también cómo hablaba el árbol, y cuanto más contaba, más se presentaba todo a su memoria y pensaba:
-¡Verdaderamente eran tiempos felices! Pero aún pueden volver, si, pueden volver. Clumpe-Dumpe rodó por la escalera, y sin embargo, se casó con la princesa; quizás yo también podré casarme con una princesa.- Y al mismo tiempo se acordó de una pequeña bétula que crecía allá en el bosque y que le parecía una verdadera princesa hermosa. -¿Quién es Clumpe-Dumpe?- preguntaron los ratoncillos.
Entonces el pino les contó todo el cuento que recordaba, palabra por palabra. Y los ratoncitos, de alegría deseaban saltar hasta la copa del árbol.
A la noche siguiente se reunieron aún más ratones y el domingo hasta vinieron dos ratas.
Pero estas pretendían que el cuento no era alegre y eso afligía a los ratoncitos, porque ahora les parecía menos hermoso también a ellos.
-¿No sabe Vd. Contar más que ese cuento.- preguntaron las ratas.
-Solo éste, - contestó el árbol. – Le oí la noche más feliz de mi vida, sólo que entonces no pensaba en lo feliz que era.
-¡Qué cuento tan miserable! ¿No sabe Vd, ninguno de tocino y velas de sebo? ¿Ningún cuento de despensa?
No, -dijo el árbol.
-¡Entonces, muchas gracias!- replicaron las ratas y volvieron a marcharse.
También los ratoncitos dejaron por último de venir y el árbol suspiraba.
-¡Después de todo, qué agradable era cuando me rodeaban los graciosos ratoncillos y escuchaban mis cuentos! También eso ha pasado. Pero mis alegrías empezarán de nuevo cuando me saquen otra vez. ¿ Pero cuándo será eso?
Sí, una mañana subió gente a la guardilla. Movieron los armarios de su sitio y sacaron al árbol. Verdad es que le tiraron al suelo con alguna rudeza, pero inmediatamente le agarro un criado y le arrastró escalera abajo donde brillaba la luz del día.
-¡Empezará otra vez la vida!-pensaba el árbol.-Sentía el aire fresco, el primer rayo del sol, y hele aquí en el patio. Todo fue en tan corto momento, que el árbol no tuvo tiempo ni para mirarse; ¡ había tantas cosas que mirar a su alrededor! Inmediato al patio había un jardín lleno de hermosas flores. Rosas frescas y recién salidas colgaban por encima de la empalizada despidiendo dulce perfume, los tilos florecían y las golondrinas cruzaban el aire gorjeando: -¡Quivi, quivi! ¡Ha llegado mi marido! Pero con eso no entendían al pino. -¡Quiero vivir!,- decía éste extendiendo sus ramas. Pero ¡ay! Estaban secas y amarillas y yacía en un rincón entre cizañas y ortigas. La estrella de papel dorado estaba aún en su corona y brillaba a la luz del sol.
En el patio jugaban algunos niños que la Nochebuena habían bailado alrededor del árbol, y habían estado tan contentos. El más pequeño fue y arrancó la estrella de oro.
-¡Mira lo que hay todavía sobre el feo pino viejo!- exclamó, y pisó las ramas que crujían bajo sus pies.
Y el árbol contempló las magníficas flores del jardín, contemplose luego a sí mismo, y deseaba haberse quedado en el oscuro rincón, allá en la guardilla. Recordó su juventud en el bosque, la Nochebuena y los ratoncillos que tan contentos habían escuchado el cuento de Clumpe-Dumpe.
¡Pasado, pasado!-Suspiraba el pobre árbol.¿Por qué no gozaría cuando aún podía? ¡Pasado, todo ha pasado!
El criado vino y cortó el árbol en mil pedazos, había allí un montón de leña, vivas llamas se elevaron debajo de la gran caldera.
Suspiró, y cada suspiro sonaba como un pequeño tiro, por lo que acudieron los niños y sentándose alrededor de la hoguera la miraban gritando: ¡ Pif, paf! – Pero a cada estallido, que era un suspiro profundo, el árbol recordaba un día de verano en el bosque, una noche de invierno bajo el cielo estrellado. Recordaba la Nochebuena y Clumpe-Dumpe, el único cuento que había oído y que sabía contar. – y después el árbol fue quemado enteramente.
Los niños jugaron en el patio y el más pequeño tenía sobre el pecho la estrella de oro que el árbol había llevado la Nochebuena pasada. Había pasado y con ella también el árbol con su cuento.¡Pasado, pasado, y así pasa con todos los cuentos!
Allá en el bosque había un pino muy bello, que estaba en buen sitio, de modo que los rayos del sol podían llegar a él y tenía aire fresco en abundancia y alrededor crecían muchos camaradas mayores que él, pinos y abetos.
Pero este joven pino no quería más que crecer y crecer; no pensaba en los espléndidos rayos del sol, ni en el aire fresco, ni hacía caso de los niños que pasaban por allí charlando cada vez que salían al bosque a coger fresas y frambuesas. Muchas veces volvían con una cestita llena o con fresas ensartadas en pajas. Sentábanse entonces junto al arbolito y decían:
- ¡Qué chiquito y qué mono es!
Esto no le agradaba al arbolito de ninguna manera.
Al año siguiente estaba ya bastante más alto, y al siguiente había crecido otro tanto. A los pinos se les conocen los años que tienen, contando los nuevos retoños que echan.
- ¡Quién fuera un árbol grande como los demás! – suspiraba el arbolito -. Podría entonces extender mis ramas y con la copa dominar el ancho mundo. Los pájaros harían sus nidos en mis ramas y en tiempo de tempestad podría inclinarme con tanta distinción como los demás.
Ni el hermoso sol, ni los pájaros o las sonrosadas nubes que bogaban por encima de él mañana y noche le alegraban el corazón.
En invierno, cuando todo estaba cubierto con la blanca nieve, pasaba alguna vez una liebre, y saltaba derecha por encima del arbolito. ¡Oh, eso era indigno! Pero pasaron dos inviernos y al tercero el árbol estaba ya tan alto, que la liebre tenía que dar la vuelta para pasar.
- ¡Ah! ¡Crecer, crecer, ser alto y viejo, no hay nada más hermoso en el mundo! - pensaba el árbol.
Por los otoños venían leñadores y cortaban algunos de los árboles más altos. Todos los años sucedía lo mismo, y ahora que el joven pino había crecido y estaba bastante alto, temblaba de miedo y de espanto, porque caían sus compañeros a tierra con un ruido tremendo, les cortaban las ramas y quedaban completamente desnudos, largos y estrechos, casi desconocidos. Luego los colocaban en carros y los caballos se los llevaban lejos del bosque.
¿ A donde los llevarían? ¿Qué sería de ellos?
Cuando en la primavera llegaron la golondrina y la cigüeña, el árbol les preguntó:
- ¿No sabéis dónde los llevaron? ¿No los habéis encontrado en el camino?
La golondrina no sabía nada; pero la cigüeña tomó un aire pensativo, y meneando la cabeza dijo:
- Sí, estoy casi segura; a mi regreso de Egipto he encontrado muchos barcos nuevos, cuyos palos mayores eran magníficos; casi me atrevo a sostener que eran ellos, porque exhalaban el olor de los pinos. ¡Qué altos están!¡Todo lo dominan, todo!
- ¡Oh!, ¡quién tuviera edad para pasar el ancho mar!¿Cómo es el mar y a qué se parece?
- Algo difícil es explicarlo,-dijo la cigüeña, y se marchó-
- ¡Regocíjate de tu juventud!-dijeron los rayos del sol,-¡alégrate del desarrollo y de tu joven vida!
Y el aire besaba al árbol, y el rocío vertía lágrimas sobre él; pero el pino no lo entendía.
Por Navidad cortaban árboles muy jóvenes, que ni siquiera tenían aún la edad del joven pino, que no tenía reposo y que siempre quería ir adelante. A estos arbolitos les dejaban las ramas, los colocaban sobre carros y caballos y los llevaban del bosque.
-¿A dónde los llevarán?-preguntó el pino.
-No son mayores que yo, hasta había uno que era más pequeño. ¿Por qué les dejarían las ramas?¿A dónde van?
-¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos!-chirriaban los gorriones.-Abajo en la ciudad hemos mirado por las ventanas.¡Nosotros sabemos a dónde van!¡Ah!,¡alcanzan la mayor gloria que se puede imaginar! ¡Hemos mirado por las ventanas y visto que los plantan en medio de la habitación y los adornan con los más preciosos objetos, manzanas doradas, bollos, juguetes y centenares de luces!
-¿Y después?-preguntó el pino temblando en todas sus ramas.-¿y después? ¿Qué sucede después?
-¡Ah!, nosotros no hemos visto más.¡Era incomparable!
-¿Será mi suerte también llegar a tanta gloria?-pensaba con regocijo el arbolito.-¡Es mejor aún que pasar el mar!¡Ojalá fuera Navidad! Ahora estoy alto y crecido como los que se llevaron la última vez. ¡Quién estuviera ya en el carro, en la hermosa habitación!...¿Y después? Sí, después vendrá algo mejor, aún más hermoso, si no, ¿por qué me adornarían tanto? ¡Después vendrá algo más grande todavía, más espléndido!¿Por qué?¡Oh, yo sufro, la impaciencia me devora; no se lo que me pasa!
-Regocíjate de mí-dijeron el aire y la luz del sol; -¡alégrate de tu juventud aquí en el campo!
Pero el arbolito no se alegraba; crecía y crecía, verde y hermoso, invierno y verano. Las personas que le veían decían:
-¡Qué hermoso árbol!
Y por Navidad le cortaron el primero de todos. El hacha lo atravesó, y lanzando un suspiro el árbol cayó. Sintió un dolor, un desvanecimiento que no le dejaron pensar en la dicha. Estaba afligido de separarse del lugar, del sitio donde había nacido. Sabía que no volvería a ver más a los queridos amigos, a los pequeños arbustos y a las flores de alrededor, y acaso ni aún a los pajaritos. La marcha le causó mucha pena.
No volvió en sí el árbol hasta que llegados al patio le descargaron con los demás árboles y oyó decir a un hombre:
-¡ Este es magnífico, me hace falta otro!
Inmediatamente se acercaron dos lacayos y se llevaron el pino a una espléndida sala grande. Colgaban de las paredes grandes retratos y sobre la chimenea había grandes jarrones chinos con leones en por tapas; había aquí mecedoras, sofás con fundas de seda, grandes mesas cubiertas de libros, de estampas y juguetes que valían mas de cien monedas: por lo menos así lo decían los niños. El pino fue colocado en un gran tiesto lleno de arena que taparon con un paño verde y lo pusieron sobre una alfombra de varios colores. ¡Ah! , ¡cómo temblaba el árbol! ¿Qué le pasaría ahora? Los criados y las señoritas vinieron y le adornaron. Colgaban en sus ramas pequeñas redes cortadas de papel de colores y cada red estaba rellena de bombones. Manzanas y nueces doradas y unas cien luces blancas, azules y encarnadas fueron sujetadas en las ramas. Muñecas, que parecían seres humanos, - el árbol no había visto nunca otras como éstas, - estaban suspendidas de las ramas, y arriba del todo, en la copa, brillaba una estrella de oro. ¡Era magnífico! ¡Incomparable! -¡Esta noche, - decían todos, - esta noche como brillará
-¡Ah! – pensaba el árbol, - ¡cuándo llegará la noche!, ¡ cuándo encenderán las luces! ¡Y qué sucederá luego!¿Vendrán acaso los árboles del bosque a verme?¿Volarán los gorriones contra los cristales?¿Echaré raíces y creceré aquí invierno y verano tan hermoso y adornado?
¡Qué bien enterado estaba! Pero de pura impaciencia tenía dolor de corteza y eso para el árbol significa lo que para nosotros dolor de cabeza.
Por fin encendieron las luces. ¡Qué resplandor! ¡Qué magnificencia! El árbol temblaba en todas las ramas, de modo que una cuantas pinochas prendieron fuego en una de las luces. ¡Cómo quemaba!
-¡Gran Dios! – exclamaban las señoritas, y lo apagaron inmediatamente.
Y el árbol no debía temblar siquiera.
¡Qué miedo! Estaba tan preocupado y pensando que podaría perder algo de su adorno, y de tanto resplandor estaba aturdido.
Abrióse de repente la puerta y un gran número de niños se precipitó a la habitación, como si hubiesen querido echar abajo el árbol. Las personas mayores venían detrás, los niños quedaron mudos; pero sólo un momento, luego gritaron de alegría, bailaron alrededor del árbol y fueron quitando de él un regalo tras otro.
-¿Qué pensarán hacer? – decía el árbol entre sí. ¿Qué pasará?
Las luces se consumían hasta las ramas y enseguida las apagaban y a los niños se les dio permiso de saquear el árbol . ¡Oh, cómo se echaron encima de manera que crujían todas las ramas! Si no hubiera estado sujeto por la copa y la estrella de oro en el techo, seguramente le hubiesen derribado.
Los niños saltaban de un lado a otro con sus preciosos juguetes. Nadie hacía caso del árbol, excepto la vieja niñera que miraba con atención
Por entre las ramas, pero sólo para ver si por casualidad habían olvidado un higo o una manzana.
-¡Un cuento, un cuento! – gritaron los niños, empujando a un hombre pequeño y gordo en dirección donde estaba el árbol, y el hombre, sentándose debajo, de este modo decía:
Estamos como en el campo, y el árbol, si quiere poner atención a lo que voy a contar, podrá recibir una lección. Pero no voy a contar más que un solo cuento. ¿Queréis oír el del Ivede-Avede o el de Clumple-Dumpe, que a pesar de rodar la escalera, subió al trono y alcanzó la mano de la princesa?
¡Ivede-Avede! – gritaron unos, -¡ Clumple-Dumpe! – exclamaron otros.
¡Qué gritos y qué disputas¡ Sólo el pino callaba. Su papel había concluido, ¿ no había ya cumplido con su obligación?
El hombre contaba el Clumple-Dumpe, que a pesar de haber rodado la escalera, subió al trono y se casó con la princesa. Y los niños, dando palmadas, gritaban:
- ¡Cuenta, cuenta!- Querían oír también el cuento de Ivede-Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Clumple- Dumpe.
El pino estaba inmóvil y pensativo; los pajaritos, allá en el bosque, no habían contado nunca semejantes cuentos.-¡Clumpe-Dumpe rodó la escalera y sin embargo se casó con la princesa! ¡Sí, si, ese es el mundo! – pensaba el pino, y lo creía porque el que lo contaba era un hombre muy agradable. –Sí, sí, quién sabe..., acaso ruede yo también la escalera y me case luego con una princesa – Y se alegraba ya de pensar que al día siguiente le adornarían de nuevo con luces y juguetes, oro y fruta.
¡Mañana no temblaré! – pensaba. – Gozaré de toda mi magnificencia! Mañana oiré otra vez el cuento de Clumple-Dumpe, y acaso también el de Ivede-Avede. Y durante toda la noche el árbol estuvo silencioso y pensativo.
El día siguiente los criados y las criadas entraron.
¡Ahora me van a adornar de nuevo!- pensaba el árbol; pero ellos le sacaron arrastrando de la habitación y la escalera arriba hasta la guardilla donde lo colocaron en rincón oscuro, adonde la luz del día no llegaba.
-¿Qué significa esto? – pensaba el árbol . -¿Qué haré yo aquí?¿Qué querrán que oiga?- Y apoyándose contra la pared se puso a pensar y meditar. Y lugar tenía para hacerlo, porque pasaban días y noches. Nadie venía y cuando entró alguno, por fin, sólo era para colocar unos grandes armarios. El árbol estaba tan escondido, como si ya le hubiesen dado al olvido.
-¡Ahora debe ser invierno! – pensaba el árbol. – La tierra está dura y cubierta de nieve, los hombres no me pueden plantar; sin duda me dejan por eso aquí al abrigo hasta que llegue la primavera ¡Qué bien me cuidan! ¡Qué buenos son los hombres! ¡ Con tal de que no estuviese tan oscuro aquí y tan retirado! ¡ Ni siquiera una liebre se encuentra aquí! ¡Allá en el bosque, cuanta alegría cuando había nieve y la liebre pasaba, hasta cuando pasaba por encima de mí: es verdad, que entonces no me gustaba. ¡Qué triste y solitario estoy aquí!
¡Pi-pip! – dijo de repente un ratoncito y salió de su escondite seguido de otro. Olfateaban el pino y se escurrían por entre sus ramas.
-¡Qué frío tan cruel! – decían los ratoncitos.- ¡Por lo demás, esto es un sitio magnífico¡, ¿no es verdad, viejo pino?
-¡ Yo no soy viejo todavía! – replicó el pino.- ¡Los hay mucho más viejos que yo!
¿De dónde vienes? – preguntaron los ratones, - ¿y qué sabes? Eran muy curiosos.- ¡Cuéntanos de los sitios más hermosos del mundo! ¿Los has visto tú? ¿Has estado en la despensa, donde hay quesos, jamones, donde se baila sobre velas de sebo y donde se entra flaco y se sale gordo?
-Verdad es que no conozco ese sitio.-dijo el árbol, -pero conozco el bosque, donde da el sol y cantan los pájaros! Después les contó todos los acaecimientos de su juventud, y los ratoncitos que no habían oído nunca semejantes cosas, escuchaban con atención y decían: -¡Cuántas cosas has visto!¡Qué feliz has sido!
-¡Yo!- Replicó el pino y sólo entonces empezó a reflexionar sobre su propia historia.- ¡Sí, después de todo, eran tiempos felices! Pero luego contó lo sucedido en la Nochebuena, cuando le adornaron con bombones y luces.
-¡Oh!- decían los ratoncitos, -¡qué feliz has sido, viejo pino!
-¡Si yo no soy viejo¡-respondió el pino, - Hasta este invierno no había salido del bosque!
Estoy en la flor de mi edad, sólo que he crecido mucho.
-¡Qué bien cuentas las cosas.-decían los ratoncitos, y a la noche siguiente volvieron con cuatro ratoncitos más, para que oyesen también cómo hablaba el árbol, y cuanto más contaba, más se presentaba todo a su memoria y pensaba:
-¡Verdaderamente eran tiempos felices! Pero aún pueden volver, si, pueden volver. Clumpe-Dumpe rodó por la escalera, y sin embargo, se casó con la princesa; quizás yo también podré casarme con una princesa.- Y al mismo tiempo se acordó de una pequeña bétula que crecía allá en el bosque y que le parecía una verdadera princesa hermosa. -¿Quién es Clumpe-Dumpe?- preguntaron los ratoncillos.
Entonces el pino les contó todo el cuento que recordaba, palabra por palabra. Y los ratoncitos, de alegría deseaban saltar hasta la copa del árbol.
A la noche siguiente se reunieron aún más ratones y el domingo hasta vinieron dos ratas.
Pero estas pretendían que el cuento no era alegre y eso afligía a los ratoncitos, porque ahora les parecía menos hermoso también a ellos.
-¿No sabe Vd. Contar más que ese cuento.- preguntaron las ratas.
-Solo éste, - contestó el árbol. – Le oí la noche más feliz de mi vida, sólo que entonces no pensaba en lo feliz que era.
-¡Qué cuento tan miserable! ¿No sabe Vd, ninguno de tocino y velas de sebo? ¿Ningún cuento de despensa?
No, -dijo el árbol.
-¡Entonces, muchas gracias!- replicaron las ratas y volvieron a marcharse.
También los ratoncitos dejaron por último de venir y el árbol suspiraba.
-¡Después de todo, qué agradable era cuando me rodeaban los graciosos ratoncillos y escuchaban mis cuentos! También eso ha pasado. Pero mis alegrías empezarán de nuevo cuando me saquen otra vez. ¿ Pero cuándo será eso?
Sí, una mañana subió gente a la guardilla. Movieron los armarios de su sitio y sacaron al árbol. Verdad es que le tiraron al suelo con alguna rudeza, pero inmediatamente le agarro un criado y le arrastró escalera abajo donde brillaba la luz del día.
-¡Empezará otra vez la vida!-pensaba el árbol.-Sentía el aire fresco, el primer rayo del sol, y hele aquí en el patio. Todo fue en tan corto momento, que el árbol no tuvo tiempo ni para mirarse; ¡ había tantas cosas que mirar a su alrededor! Inmediato al patio había un jardín lleno de hermosas flores. Rosas frescas y recién salidas colgaban por encima de la empalizada despidiendo dulce perfume, los tilos florecían y las golondrinas cruzaban el aire gorjeando: -¡Quivi, quivi! ¡Ha llegado mi marido! Pero con eso no entendían al pino. -¡Quiero vivir!,- decía éste extendiendo sus ramas. Pero ¡ay! Estaban secas y amarillas y yacía en un rincón entre cizañas y ortigas. La estrella de papel dorado estaba aún en su corona y brillaba a la luz del sol.
En el patio jugaban algunos niños que la Nochebuena habían bailado alrededor del árbol, y habían estado tan contentos. El más pequeño fue y arrancó la estrella de oro.
-¡Mira lo que hay todavía sobre el feo pino viejo!- exclamó, y pisó las ramas que crujían bajo sus pies.
Y el árbol contempló las magníficas flores del jardín, contemplose luego a sí mismo, y deseaba haberse quedado en el oscuro rincón, allá en la guardilla. Recordó su juventud en el bosque, la Nochebuena y los ratoncillos que tan contentos habían escuchado el cuento de Clumpe-Dumpe.
¡Pasado, pasado!-Suspiraba el pobre árbol.¿Por qué no gozaría cuando aún podía? ¡Pasado, todo ha pasado!
El criado vino y cortó el árbol en mil pedazos, había allí un montón de leña, vivas llamas se elevaron debajo de la gran caldera.
Suspiró, y cada suspiro sonaba como un pequeño tiro, por lo que acudieron los niños y sentándose alrededor de la hoguera la miraban gritando: ¡ Pif, paf! – Pero a cada estallido, que era un suspiro profundo, el árbol recordaba un día de verano en el bosque, una noche de invierno bajo el cielo estrellado. Recordaba la Nochebuena y Clumpe-Dumpe, el único cuento que había oído y que sabía contar. – y después el árbol fue quemado enteramente.
Los niños jugaron en el patio y el más pequeño tenía sobre el pecho la estrella de oro que el árbol había llevado la Nochebuena pasada. Había pasado y con ella también el árbol con su cuento.¡Pasado, pasado, y así pasa con todos los cuentos!
(Hans Chistian Andersen)
Pero este joven pino no quería más que crecer y crecer; no pensaba en los espléndidos rayos del sol, ni en el aire fresco, ni hacía caso de los niños que pasaban por allí charlando cada vez que salían al bosque a coger fresas y frambuesas. Muchas veces volvían con una cestita llena o con fresas ensartadas en pajas. Sentábanse entonces junto al arbolito y decían:
- ¡Qué chiquito y qué mono es!
Esto no le agradaba al arbolito de ninguna manera.
Al año siguiente estaba ya bastante más alto, y al siguiente había crecido otro tanto. A los pinos se les conocen los años que tienen, contando los nuevos retoños que echan.
- ¡Quién fuera un árbol grande como los demás! – suspiraba el arbolito -. Podría entonces extender mis ramas y con la copa dominar el ancho mundo. Los pájaros harían sus nidos en mis ramas y en tiempo de tempestad podría inclinarme con tanta distinción como los demás.
Ni el hermoso sol, ni los pájaros o las sonrosadas nubes que bogaban por encima de él mañana y noche le alegraban el corazón.
En invierno, cuando todo estaba cubierto con la blanca nieve, pasaba alguna vez una liebre, y saltaba derecha por encima del arbolito. ¡Oh, eso era indigno! Pero pasaron dos inviernos y al tercero el árbol estaba ya tan alto, que la liebre tenía que dar la vuelta para pasar.
- ¡Ah! ¡Crecer, crecer, ser alto y viejo, no hay nada más hermoso en el mundo! - pensaba el árbol.
Por los otoños venían leñadores y cortaban algunos de los árboles más altos. Todos los años sucedía lo mismo, y ahora que el joven pino había crecido y estaba bastante alto, temblaba de miedo y de espanto, porque caían sus compañeros a tierra con un ruido tremendo, les cortaban las ramas y quedaban completamente desnudos, largos y estrechos, casi desconocidos. Luego los colocaban en carros y los caballos se los llevaban lejos del bosque.
¿ A donde los llevarían? ¿Qué sería de ellos?
Cuando en la primavera llegaron la golondrina y la cigüeña, el árbol les preguntó:
- ¿No sabéis dónde los llevaron? ¿No los habéis encontrado en el camino?
La golondrina no sabía nada; pero la cigüeña tomó un aire pensativo, y meneando la cabeza dijo:
- Sí, estoy casi segura; a mi regreso de Egipto he encontrado muchos barcos nuevos, cuyos palos mayores eran magníficos; casi me atrevo a sostener que eran ellos, porque exhalaban el olor de los pinos. ¡Qué altos están!¡Todo lo dominan, todo!
- ¡Oh!, ¡quién tuviera edad para pasar el ancho mar!¿Cómo es el mar y a qué se parece?
- Algo difícil es explicarlo,-dijo la cigüeña, y se marchó-
- ¡Regocíjate de tu juventud!-dijeron los rayos del sol,-¡alégrate del desarrollo y de tu joven vida!
Y el aire besaba al árbol, y el rocío vertía lágrimas sobre él; pero el pino no lo entendía.
Por Navidad cortaban árboles muy jóvenes, que ni siquiera tenían aún la edad del joven pino, que no tenía reposo y que siempre quería ir adelante. A estos arbolitos les dejaban las ramas, los colocaban sobre carros y caballos y los llevaban del bosque.
-¿A dónde los llevarán?-preguntó el pino.
-No son mayores que yo, hasta había uno que era más pequeño. ¿Por qué les dejarían las ramas?¿A dónde van?
-¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos!-chirriaban los gorriones.-Abajo en la ciudad hemos mirado por las ventanas.¡Nosotros sabemos a dónde van!¡Ah!,¡alcanzan la mayor gloria que se puede imaginar! ¡Hemos mirado por las ventanas y visto que los plantan en medio de la habitación y los adornan con los más preciosos objetos, manzanas doradas, bollos, juguetes y centenares de luces!
-¿Y después?-preguntó el pino temblando en todas sus ramas.-¿y después? ¿Qué sucede después?
-¡Ah!, nosotros no hemos visto más.¡Era incomparable!
-¿Será mi suerte también llegar a tanta gloria?-pensaba con regocijo el arbolito.-¡Es mejor aún que pasar el mar!¡Ojalá fuera Navidad! Ahora estoy alto y crecido como los que se llevaron la última vez. ¡Quién estuviera ya en el carro, en la hermosa habitación!...¿Y después? Sí, después vendrá algo mejor, aún más hermoso, si no, ¿por qué me adornarían tanto? ¡Después vendrá algo más grande todavía, más espléndido!¿Por qué?¡Oh, yo sufro, la impaciencia me devora; no se lo que me pasa!
-Regocíjate de mí-dijeron el aire y la luz del sol; -¡alégrate de tu juventud aquí en el campo!
Pero el arbolito no se alegraba; crecía y crecía, verde y hermoso, invierno y verano. Las personas que le veían decían:
-¡Qué hermoso árbol!
Y por Navidad le cortaron el primero de todos. El hacha lo atravesó, y lanzando un suspiro el árbol cayó. Sintió un dolor, un desvanecimiento que no le dejaron pensar en la dicha. Estaba afligido de separarse del lugar, del sitio donde había nacido. Sabía que no volvería a ver más a los queridos amigos, a los pequeños arbustos y a las flores de alrededor, y acaso ni aún a los pajaritos. La marcha le causó mucha pena.
No volvió en sí el árbol hasta que llegados al patio le descargaron con los demás árboles y oyó decir a un hombre:
-¡ Este es magnífico, me hace falta otro!
Inmediatamente se acercaron dos lacayos y se llevaron el pino a una espléndida sala grande. Colgaban de las paredes grandes retratos y sobre la chimenea había grandes jarrones chinos con leones en por tapas; había aquí mecedoras, sofás con fundas de seda, grandes mesas cubiertas de libros, de estampas y juguetes que valían mas de cien monedas: por lo menos así lo decían los niños. El pino fue colocado en un gran tiesto lleno de arena que taparon con un paño verde y lo pusieron sobre una alfombra de varios colores. ¡Ah! , ¡cómo temblaba el árbol! ¿Qué le pasaría ahora? Los criados y las señoritas vinieron y le adornaron. Colgaban en sus ramas pequeñas redes cortadas de papel de colores y cada red estaba rellena de bombones. Manzanas y nueces doradas y unas cien luces blancas, azules y encarnadas fueron sujetadas en las ramas. Muñecas, que parecían seres humanos, - el árbol no había visto nunca otras como éstas, - estaban suspendidas de las ramas, y arriba del todo, en la copa, brillaba una estrella de oro. ¡Era magnífico! ¡Incomparable! -¡Esta noche, - decían todos, - esta noche como brillará
-¡Ah! – pensaba el árbol, - ¡cuándo llegará la noche!, ¡ cuándo encenderán las luces! ¡Y qué sucederá luego!¿Vendrán acaso los árboles del bosque a verme?¿Volarán los gorriones contra los cristales?¿Echaré raíces y creceré aquí invierno y verano tan hermoso y adornado?
¡Qué bien enterado estaba! Pero de pura impaciencia tenía dolor de corteza y eso para el árbol significa lo que para nosotros dolor de cabeza.
Por fin encendieron las luces. ¡Qué resplandor! ¡Qué magnificencia! El árbol temblaba en todas las ramas, de modo que una cuantas pinochas prendieron fuego en una de las luces. ¡Cómo quemaba!
-¡Gran Dios! – exclamaban las señoritas, y lo apagaron inmediatamente.
Y el árbol no debía temblar siquiera.
¡Qué miedo! Estaba tan preocupado y pensando que podaría perder algo de su adorno, y de tanto resplandor estaba aturdido.
Abrióse de repente la puerta y un gran número de niños se precipitó a la habitación, como si hubiesen querido echar abajo el árbol. Las personas mayores venían detrás, los niños quedaron mudos; pero sólo un momento, luego gritaron de alegría, bailaron alrededor del árbol y fueron quitando de él un regalo tras otro.
-¿Qué pensarán hacer? – decía el árbol entre sí. ¿Qué pasará?
Las luces se consumían hasta las ramas y enseguida las apagaban y a los niños se les dio permiso de saquear el árbol . ¡Oh, cómo se echaron encima de manera que crujían todas las ramas! Si no hubiera estado sujeto por la copa y la estrella de oro en el techo, seguramente le hubiesen derribado.
Los niños saltaban de un lado a otro con sus preciosos juguetes. Nadie hacía caso del árbol, excepto la vieja niñera que miraba con atención
Por entre las ramas, pero sólo para ver si por casualidad habían olvidado un higo o una manzana.
-¡Un cuento, un cuento! – gritaron los niños, empujando a un hombre pequeño y gordo en dirección donde estaba el árbol, y el hombre, sentándose debajo, de este modo decía:
Estamos como en el campo, y el árbol, si quiere poner atención a lo que voy a contar, podrá recibir una lección. Pero no voy a contar más que un solo cuento. ¿Queréis oír el del Ivede-Avede o el de Clumple-Dumpe, que a pesar de rodar la escalera, subió al trono y alcanzó la mano de la princesa?
¡Ivede-Avede! – gritaron unos, -¡ Clumple-Dumpe! – exclamaron otros.
¡Qué gritos y qué disputas¡ Sólo el pino callaba. Su papel había concluido, ¿ no había ya cumplido con su obligación?
El hombre contaba el Clumple-Dumpe, que a pesar de haber rodado la escalera, subió al trono y se casó con la princesa. Y los niños, dando palmadas, gritaban:
- ¡Cuenta, cuenta!- Querían oír también el cuento de Ivede-Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Clumple- Dumpe.
El pino estaba inmóvil y pensativo; los pajaritos, allá en el bosque, no habían contado nunca semejantes cuentos.-¡Clumpe-Dumpe rodó la escalera y sin embargo se casó con la princesa! ¡Sí, si, ese es el mundo! – pensaba el pino, y lo creía porque el que lo contaba era un hombre muy agradable. –Sí, sí, quién sabe..., acaso ruede yo también la escalera y me case luego con una princesa – Y se alegraba ya de pensar que al día siguiente le adornarían de nuevo con luces y juguetes, oro y fruta.
¡Mañana no temblaré! – pensaba. – Gozaré de toda mi magnificencia! Mañana oiré otra vez el cuento de Clumple-Dumpe, y acaso también el de Ivede-Avede. Y durante toda la noche el árbol estuvo silencioso y pensativo.
El día siguiente los criados y las criadas entraron.
¡Ahora me van a adornar de nuevo!- pensaba el árbol; pero ellos le sacaron arrastrando de la habitación y la escalera arriba hasta la guardilla donde lo colocaron en rincón oscuro, adonde la luz del día no llegaba.
-¿Qué significa esto? – pensaba el árbol . -¿Qué haré yo aquí?¿Qué querrán que oiga?- Y apoyándose contra la pared se puso a pensar y meditar. Y lugar tenía para hacerlo, porque pasaban días y noches. Nadie venía y cuando entró alguno, por fin, sólo era para colocar unos grandes armarios. El árbol estaba tan escondido, como si ya le hubiesen dado al olvido.
-¡Ahora debe ser invierno! – pensaba el árbol. – La tierra está dura y cubierta de nieve, los hombres no me pueden plantar; sin duda me dejan por eso aquí al abrigo hasta que llegue la primavera ¡Qué bien me cuidan! ¡Qué buenos son los hombres! ¡ Con tal de que no estuviese tan oscuro aquí y tan retirado! ¡ Ni siquiera una liebre se encuentra aquí! ¡Allá en el bosque, cuanta alegría cuando había nieve y la liebre pasaba, hasta cuando pasaba por encima de mí: es verdad, que entonces no me gustaba. ¡Qué triste y solitario estoy aquí!
¡Pi-pip! – dijo de repente un ratoncito y salió de su escondite seguido de otro. Olfateaban el pino y se escurrían por entre sus ramas.
-¡Qué frío tan cruel! – decían los ratoncitos.- ¡Por lo demás, esto es un sitio magnífico¡, ¿no es verdad, viejo pino?
-¡ Yo no soy viejo todavía! – replicó el pino.- ¡Los hay mucho más viejos que yo!
¿De dónde vienes? – preguntaron los ratones, - ¿y qué sabes? Eran muy curiosos.- ¡Cuéntanos de los sitios más hermosos del mundo! ¿Los has visto tú? ¿Has estado en la despensa, donde hay quesos, jamones, donde se baila sobre velas de sebo y donde se entra flaco y se sale gordo?
-Verdad es que no conozco ese sitio.-dijo el árbol, -pero conozco el bosque, donde da el sol y cantan los pájaros! Después les contó todos los acaecimientos de su juventud, y los ratoncitos que no habían oído nunca semejantes cosas, escuchaban con atención y decían: -¡Cuántas cosas has visto!¡Qué feliz has sido!
-¡Yo!- Replicó el pino y sólo entonces empezó a reflexionar sobre su propia historia.- ¡Sí, después de todo, eran tiempos felices! Pero luego contó lo sucedido en la Nochebuena, cuando le adornaron con bombones y luces.
-¡Oh!- decían los ratoncitos, -¡qué feliz has sido, viejo pino!
-¡Si yo no soy viejo¡-respondió el pino, - Hasta este invierno no había salido del bosque!
Estoy en la flor de mi edad, sólo que he crecido mucho.
-¡Qué bien cuentas las cosas.-decían los ratoncitos, y a la noche siguiente volvieron con cuatro ratoncitos más, para que oyesen también cómo hablaba el árbol, y cuanto más contaba, más se presentaba todo a su memoria y pensaba:
-¡Verdaderamente eran tiempos felices! Pero aún pueden volver, si, pueden volver. Clumpe-Dumpe rodó por la escalera, y sin embargo, se casó con la princesa; quizás yo también podré casarme con una princesa.- Y al mismo tiempo se acordó de una pequeña bétula que crecía allá en el bosque y que le parecía una verdadera princesa hermosa. -¿Quién es Clumpe-Dumpe?- preguntaron los ratoncillos.
Entonces el pino les contó todo el cuento que recordaba, palabra por palabra. Y los ratoncitos, de alegría deseaban saltar hasta la copa del árbol.
A la noche siguiente se reunieron aún más ratones y el domingo hasta vinieron dos ratas.
Pero estas pretendían que el cuento no era alegre y eso afligía a los ratoncitos, porque ahora les parecía menos hermoso también a ellos.
-¿No sabe Vd. Contar más que ese cuento.- preguntaron las ratas.
-Solo éste, - contestó el árbol. – Le oí la noche más feliz de mi vida, sólo que entonces no pensaba en lo feliz que era.
-¡Qué cuento tan miserable! ¿No sabe Vd, ninguno de tocino y velas de sebo? ¿Ningún cuento de despensa?
No, -dijo el árbol.
-¡Entonces, muchas gracias!- replicaron las ratas y volvieron a marcharse.
También los ratoncitos dejaron por último de venir y el árbol suspiraba.
-¡Después de todo, qué agradable era cuando me rodeaban los graciosos ratoncillos y escuchaban mis cuentos! También eso ha pasado. Pero mis alegrías empezarán de nuevo cuando me saquen otra vez. ¿ Pero cuándo será eso?
Sí, una mañana subió gente a la guardilla. Movieron los armarios de su sitio y sacaron al árbol. Verdad es que le tiraron al suelo con alguna rudeza, pero inmediatamente le agarro un criado y le arrastró escalera abajo donde brillaba la luz del día.
-¡Empezará otra vez la vida!-pensaba el árbol.-Sentía el aire fresco, el primer rayo del sol, y hele aquí en el patio. Todo fue en tan corto momento, que el árbol no tuvo tiempo ni para mirarse; ¡ había tantas cosas que mirar a su alrededor! Inmediato al patio había un jardín lleno de hermosas flores. Rosas frescas y recién salidas colgaban por encima de la empalizada despidiendo dulce perfume, los tilos florecían y las golondrinas cruzaban el aire gorjeando: -¡Quivi, quivi! ¡Ha llegado mi marido! Pero con eso no entendían al pino. -¡Quiero vivir!,- decía éste extendiendo sus ramas. Pero ¡ay! Estaban secas y amarillas y yacía en un rincón entre cizañas y ortigas. La estrella de papel dorado estaba aún en su corona y brillaba a la luz del sol.
En el patio jugaban algunos niños que la Nochebuena habían bailado alrededor del árbol, y habían estado tan contentos. El más pequeño fue y arrancó la estrella de oro.
-¡Mira lo que hay todavía sobre el feo pino viejo!- exclamó, y pisó las ramas que crujían bajo sus pies.
Y el árbol contempló las magníficas flores del jardín, contemplose luego a sí mismo, y deseaba haberse quedado en el oscuro rincón, allá en la guardilla. Recordó su juventud en el bosque, la Nochebuena y los ratoncillos que tan contentos habían escuchado el cuento de Clumpe-Dumpe.
¡Pasado, pasado!-Suspiraba el pobre árbol.¿Por qué no gozaría cuando aún podía? ¡Pasado, todo ha pasado!
El criado vino y cortó el árbol en mil pedazos, había allí un montón de leña, vivas llamas se elevaron debajo de la gran caldera.
Suspiró, y cada suspiro sonaba como un pequeño tiro, por lo que acudieron los niños y sentándose alrededor de la hoguera la miraban gritando: ¡ Pif, paf! – Pero a cada estallido, que era un suspiro profundo, el árbol recordaba un día de verano en el bosque, una noche de invierno bajo el cielo estrellado. Recordaba la Nochebuena y Clumpe-Dumpe, el único cuento que había oído y que sabía contar. – y después el árbol fue quemado enteramente.
Los niños jugaron en el patio y el más pequeño tenía sobre el pecho la estrella de oro que el árbol había llevado la Nochebuena pasada. Había pasado y con ella también el árbol con su cuento.¡Pasado, pasado, y así pasa con todos los cuentos!
Allá en el bosque había un pino muy bello, que estaba en buen sitio, de modo que los rayos del sol podían llegar a él y tenía aire fresco en abundancia y alrededor crecían muchos camaradas mayores que él, pinos y abetos.
Pero este joven pino no quería más que crecer y crecer; no pensaba en los espléndidos rayos del sol, ni en el aire fresco, ni hacía caso de los niños que pasaban por allí charlando cada vez que salían al bosque a coger fresas y frambuesas. Muchas veces volvían con una cestita llena o con fresas ensartadas en pajas. Sentábanse entonces junto al arbolito y decían:
- ¡Qué chiquito y qué mono es!
Esto no le agradaba al arbolito de ninguna manera.
Al año siguiente estaba ya bastante más alto, y al siguiente había crecido otro tanto. A los pinos se les conocen los años que tienen, contando los nuevos retoños que echan.
- ¡Quién fuera un árbol grande como los demás! – suspiraba el arbolito -. Podría entonces extender mis ramas y con la copa dominar el ancho mundo. Los pájaros harían sus nidos en mis ramas y en tiempo de tempestad podría inclinarme con tanta distinción como los demás.
Ni el hermoso sol, ni los pájaros o las sonrosadas nubes que bogaban por encima de él mañana y noche le alegraban el corazón.
En invierno, cuando todo estaba cubierto con la blanca nieve, pasaba alguna vez una liebre, y saltaba derecha por encima del arbolito. ¡Oh, eso era indigno! Pero pasaron dos inviernos y al tercero el árbol estaba ya tan alto, que la liebre tenía que dar la vuelta para pasar.
- ¡Ah! ¡Crecer, crecer, ser alto y viejo, no hay nada más hermoso en el mundo! - pensaba el árbol.
Por los otoños venían leñadores y cortaban algunos de los árboles más altos. Todos los años sucedía lo mismo, y ahora que el joven pino había crecido y estaba bastante alto, temblaba de miedo y de espanto, porque caían sus compañeros a tierra con un ruido tremendo, les cortaban las ramas y quedaban completamente desnudos, largos y estrechos, casi desconocidos. Luego los colocaban en carros y los caballos se los llevaban lejos del bosque.
¿ A donde los llevarían? ¿Qué sería de ellos?
Cuando en la primavera llegaron la golondrina y la cigüeña, el árbol les preguntó:
- ¿No sabéis dónde los llevaron? ¿No los habéis encontrado en el camino?
La golondrina no sabía nada; pero la cigüeña tomó un aire pensativo, y meneando la cabeza dijo:
- Sí, estoy casi segura; a mi regreso de Egipto he encontrado muchos barcos nuevos, cuyos palos mayores eran magníficos; casi me atrevo a sostener que eran ellos, porque exhalaban el olor de los pinos. ¡Qué altos están!¡Todo lo dominan, todo!
- ¡Oh!, ¡quién tuviera edad para pasar el ancho mar!¿Cómo es el mar y a qué se parece?
- Algo difícil es explicarlo,-dijo la cigüeña, y se marchó-
- ¡Regocíjate de tu juventud!-dijeron los rayos del sol,-¡alégrate del desarrollo y de tu joven vida!
Y el aire besaba al árbol, y el rocío vertía lágrimas sobre él; pero el pino no lo entendía.
Por Navidad cortaban árboles muy jóvenes, que ni siquiera tenían aún la edad del joven pino, que no tenía reposo y que siempre quería ir adelante. A estos arbolitos les dejaban las ramas, los colocaban sobre carros y caballos y los llevaban del bosque.
-¿A dónde los llevarán?-preguntó el pino.
-No son mayores que yo, hasta había uno que era más pequeño. ¿Por qué les dejarían las ramas?¿A dónde van?
-¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos!-chirriaban los gorriones.-Abajo en la ciudad hemos mirado por las ventanas.¡Nosotros sabemos a dónde van!¡Ah!,¡alcanzan la mayor gloria que se puede imaginar! ¡Hemos mirado por las ventanas y visto que los plantan en medio de la habitación y los adornan con los más preciosos objetos, manzanas doradas, bollos, juguetes y centenares de luces!
-¿Y después?-preguntó el pino temblando en todas sus ramas.-¿y después? ¿Qué sucede después?
-¡Ah!, nosotros no hemos visto más.¡Era incomparable!
-¿Será mi suerte también llegar a tanta gloria?-pensaba con regocijo el arbolito.-¡Es mejor aún que pasar el mar!¡Ojalá fuera Navidad! Ahora estoy alto y crecido como los que se llevaron la última vez. ¡Quién estuviera ya en el carro, en la hermosa habitación!...¿Y después? Sí, después vendrá algo mejor, aún más hermoso, si no, ¿por qué me adornarían tanto? ¡Después vendrá algo más grande todavía, más espléndido!¿Por qué?¡Oh, yo sufro, la impaciencia me devora; no se lo que me pasa!
-Regocíjate de mí-dijeron el aire y la luz del sol; -¡alégrate de tu juventud aquí en el campo!
Pero el arbolito no se alegraba; crecía y crecía, verde y hermoso, invierno y verano. Las personas que le veían decían:
-¡Qué hermoso árbol!
Y por Navidad le cortaron el primero de todos. El hacha lo atravesó, y lanzando un suspiro el árbol cayó. Sintió un dolor, un desvanecimiento que no le dejaron pensar en la dicha. Estaba afligido de separarse del lugar, del sitio donde había nacido. Sabía que no volvería a ver más a los queridos amigos, a los pequeños arbustos y a las flores de alrededor, y acaso ni aún a los pajaritos. La marcha le causó mucha pena.
No volvió en sí el árbol hasta que llegados al patio le descargaron con los demás árboles y oyó decir a un hombre:
-¡ Este es magnífico, me hace falta otro!
Inmediatamente se acercaron dos lacayos y se llevaron el pino a una espléndida sala grande. Colgaban de las paredes grandes retratos y sobre la chimenea había grandes jarrones chinos con leones en por tapas; había aquí mecedoras, sofás con fundas de seda, grandes mesas cubiertas de libros, de estampas y juguetes que valían mas de cien monedas: por lo menos así lo decían los niños. El pino fue colocado en un gran tiesto lleno de arena que taparon con un paño verde y lo pusieron sobre una alfombra de varios colores. ¡Ah! , ¡cómo temblaba el árbol! ¿Qué le pasaría ahora? Los criados y las señoritas vinieron y le adornaron. Colgaban en sus ramas pequeñas redes cortadas de papel de colores y cada red estaba rellena de bombones. Manzanas y nueces doradas y unas cien luces blancas, azules y encarnadas fueron sujetadas en las ramas. Muñecas, que parecían seres humanos, - el árbol no había visto nunca otras como éstas, - estaban suspendidas de las ramas, y arriba del todo, en la copa, brillaba una estrella de oro. ¡Era magnífico! ¡Incomparable! -¡Esta noche, - decían todos, - esta noche como brillará
-¡Ah! – pensaba el árbol, - ¡cuándo llegará la noche!, ¡ cuándo encenderán las luces! ¡Y qué sucederá luego!¿Vendrán acaso los árboles del bosque a verme?¿Volarán los gorriones contra los cristales?¿Echaré raíces y creceré aquí invierno y verano tan hermoso y adornado?
¡Qué bien enterado estaba! Pero de pura impaciencia tenía dolor de corteza y eso para el árbol significa lo que para nosotros dolor de cabeza.
Por fin encendieron las luces. ¡Qué resplandor! ¡Qué magnificencia! El árbol temblaba en todas las ramas, de modo que una cuantas pinochas prendieron fuego en una de las luces. ¡Cómo quemaba!
-¡Gran Dios! – exclamaban las señoritas, y lo apagaron inmediatamente.
Y el árbol no debía temblar siquiera.
¡Qué miedo! Estaba tan preocupado y pensando que podaría perder algo de su adorno, y de tanto resplandor estaba aturdido.
Abrióse de repente la puerta y un gran número de niños se precipitó a la habitación, como si hubiesen querido echar abajo el árbol. Las personas mayores venían detrás, los niños quedaron mudos; pero sólo un momento, luego gritaron de alegría, bailaron alrededor del árbol y fueron quitando de él un regalo tras otro.
-¿Qué pensarán hacer? – decía el árbol entre sí. ¿Qué pasará?
Las luces se consumían hasta las ramas y enseguida las apagaban y a los niños se les dio permiso de saquear el árbol . ¡Oh, cómo se echaron encima de manera que crujían todas las ramas! Si no hubiera estado sujeto por la copa y la estrella de oro en el techo, seguramente le hubiesen derribado.
Los niños saltaban de un lado a otro con sus preciosos juguetes. Nadie hacía caso del árbol, excepto la vieja niñera que miraba con atención
Por entre las ramas, pero sólo para ver si por casualidad habían olvidado un higo o una manzana.
-¡Un cuento, un cuento! – gritaron los niños, empujando a un hombre pequeño y gordo en dirección donde estaba el árbol, y el hombre, sentándose debajo, de este modo decía:
Estamos como en el campo, y el árbol, si quiere poner atención a lo que voy a contar, podrá recibir una lección. Pero no voy a contar más que un solo cuento. ¿Queréis oír el del Ivede-Avede o el de Clumple-Dumpe, que a pesar de rodar la escalera, subió al trono y alcanzó la mano de la princesa?
¡Ivede-Avede! – gritaron unos, -¡ Clumple-Dumpe! – exclamaron otros.
¡Qué gritos y qué disputas¡ Sólo el pino callaba. Su papel había concluido, ¿ no había ya cumplido con su obligación?
El hombre contaba el Clumple-Dumpe, que a pesar de haber rodado la escalera, subió al trono y se casó con la princesa. Y los niños, dando palmadas, gritaban:
- ¡Cuenta, cuenta!- Querían oír también el cuento de Ivede-Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Clumple- Dumpe.
El pino estaba inmóvil y pensativo; los pajaritos, allá en el bosque, no habían contado nunca semejantes cuentos.-¡Clumpe-Dumpe rodó la escalera y sin embargo se casó con la princesa! ¡Sí, si, ese es el mundo! – pensaba el pino, y lo creía porque el que lo contaba era un hombre muy agradable. –Sí, sí, quién sabe..., acaso ruede yo también la escalera y me case luego con una princesa – Y se alegraba ya de pensar que al día siguiente le adornarían de nuevo con luces y juguetes, oro y fruta.
¡Mañana no temblaré! – pensaba. – Gozaré de toda mi magnificencia! Mañana oiré otra vez el cuento de Clumple-Dumpe, y acaso también el de Ivede-Avede. Y durante toda la noche el árbol estuvo silencioso y pensativo.
El día siguiente los criados y las criadas entraron.
¡Ahora me van a adornar de nuevo!- pensaba el árbol; pero ellos le sacaron arrastrando de la habitación y la escalera arriba hasta la guardilla donde lo colocaron en rincón oscuro, adonde la luz del día no llegaba.
-¿Qué significa esto? – pensaba el árbol . -¿Qué haré yo aquí?¿Qué querrán que oiga?- Y apoyándose contra la pared se puso a pensar y meditar. Y lugar tenía para hacerlo, porque pasaban días y noches. Nadie venía y cuando entró alguno, por fin, sólo era para colocar unos grandes armarios. El árbol estaba tan escondido, como si ya le hubiesen dado al olvido.
-¡Ahora debe ser invierno! – pensaba el árbol. – La tierra está dura y cubierta de nieve, los hombres no me pueden plantar; sin duda me dejan por eso aquí al abrigo hasta que llegue la primavera ¡Qué bien me cuidan! ¡Qué buenos son los hombres! ¡ Con tal de que no estuviese tan oscuro aquí y tan retirado! ¡ Ni siquiera una liebre se encuentra aquí! ¡Allá en el bosque, cuanta alegría cuando había nieve y la liebre pasaba, hasta cuando pasaba por encima de mí: es verdad, que entonces no me gustaba. ¡Qué triste y solitario estoy aquí!
¡Pi-pip! – dijo de repente un ratoncito y salió de su escondite seguido de otro. Olfateaban el pino y se escurrían por entre sus ramas.
-¡Qué frío tan cruel! – decían los ratoncitos.- ¡Por lo demás, esto es un sitio magnífico¡, ¿no es verdad, viejo pino?
-¡ Yo no soy viejo todavía! – replicó el pino.- ¡Los hay mucho más viejos que yo!
¿De dónde vienes? – preguntaron los ratones, - ¿y qué sabes? Eran muy curiosos.- ¡Cuéntanos de los sitios más hermosos del mundo! ¿Los has visto tú? ¿Has estado en la despensa, donde hay quesos, jamones, donde se baila sobre velas de sebo y donde se entra flaco y se sale gordo?
-Verdad es que no conozco ese sitio.-dijo el árbol, -pero conozco el bosque, donde da el sol y cantan los pájaros! Después les contó todos los acaecimientos de su juventud, y los ratoncitos que no habían oído nunca semejantes cosas, escuchaban con atención y decían: -¡Cuántas cosas has visto!¡Qué feliz has sido!
-¡Yo!- Replicó el pino y sólo entonces empezó a reflexionar sobre su propia historia.- ¡Sí, después de todo, eran tiempos felices! Pero luego contó lo sucedido en la Nochebuena, cuando le adornaron con bombones y luces.
-¡Oh!- decían los ratoncitos, -¡qué feliz has sido, viejo pino!
-¡Si yo no soy viejo¡-respondió el pino, - Hasta este invierno no había salido del bosque!
Estoy en la flor de mi edad, sólo que he crecido mucho.
-¡Qué bien cuentas las cosas.-decían los ratoncitos, y a la noche siguiente volvieron con cuatro ratoncitos más, para que oyesen también cómo hablaba el árbol, y cuanto más contaba, más se presentaba todo a su memoria y pensaba:
-¡Verdaderamente eran tiempos felices! Pero aún pueden volver, si, pueden volver. Clumpe-Dumpe rodó por la escalera, y sin embargo, se casó con la princesa; quizás yo también podré casarme con una princesa.- Y al mismo tiempo se acordó de una pequeña bétula que crecía allá en el bosque y que le parecía una verdadera princesa hermosa. -¿Quién es Clumpe-Dumpe?- preguntaron los ratoncillos.
Entonces el pino les contó todo el cuento que recordaba, palabra por palabra. Y los ratoncitos, de alegría deseaban saltar hasta la copa del árbol.
A la noche siguiente se reunieron aún más ratones y el domingo hasta vinieron dos ratas.
Pero estas pretendían que el cuento no era alegre y eso afligía a los ratoncitos, porque ahora les parecía menos hermoso también a ellos.
-¿No sabe Vd. Contar más que ese cuento.- preguntaron las ratas.
-Solo éste, - contestó el árbol. – Le oí la noche más feliz de mi vida, sólo que entonces no pensaba en lo feliz que era.
-¡Qué cuento tan miserable! ¿No sabe Vd, ninguno de tocino y velas de sebo? ¿Ningún cuento de despensa?
No, -dijo el árbol.
-¡Entonces, muchas gracias!- replicaron las ratas y volvieron a marcharse.
También los ratoncitos dejaron por último de venir y el árbol suspiraba.
-¡Después de todo, qué agradable era cuando me rodeaban los graciosos ratoncillos y escuchaban mis cuentos! También eso ha pasado. Pero mis alegrías empezarán de nuevo cuando me saquen otra vez. ¿ Pero cuándo será eso?
Sí, una mañana subió gente a la guardilla. Movieron los armarios de su sitio y sacaron al árbol. Verdad es que le tiraron al suelo con alguna rudeza, pero inmediatamente le agarro un criado y le arrastró escalera abajo donde brillaba la luz del día.
-¡Empezará otra vez la vida!-pensaba el árbol.-Sentía el aire fresco, el primer rayo del sol, y hele aquí en el patio. Todo fue en tan corto momento, que el árbol no tuvo tiempo ni para mirarse; ¡ había tantas cosas que mirar a su alrededor! Inmediato al patio había un jardín lleno de hermosas flores. Rosas frescas y recién salidas colgaban por encima de la empalizada despidiendo dulce perfume, los tilos florecían y las golondrinas cruzaban el aire gorjeando: -¡Quivi, quivi! ¡Ha llegado mi marido! Pero con eso no entendían al pino. -¡Quiero vivir!,- decía éste extendiendo sus ramas. Pero ¡ay! Estaban secas y amarillas y yacía en un rincón entre cizañas y ortigas. La estrella de papel dorado estaba aún en su corona y brillaba a la luz del sol.
En el patio jugaban algunos niños que la Nochebuena habían bailado alrededor del árbol, y habían estado tan contentos. El más pequeño fue y arrancó la estrella de oro.
-¡Mira lo que hay todavía sobre el feo pino viejo!- exclamó, y pisó las ramas que crujían bajo sus pies.
Y el árbol contempló las magníficas flores del jardín, contemplose luego a sí mismo, y deseaba haberse quedado en el oscuro rincón, allá en la guardilla. Recordó su juventud en el bosque, la Nochebuena y los ratoncillos que tan contentos habían escuchado el cuento de Clumpe-Dumpe.
¡Pasado, pasado!-Suspiraba el pobre árbol.¿Por qué no gozaría cuando aún podía? ¡Pasado, todo ha pasado!
El criado vino y cortó el árbol en mil pedazos, había allí un montón de leña, vivas llamas se elevaron debajo de la gran caldera.
Suspiró, y cada suspiro sonaba como un pequeño tiro, por lo que acudieron los niños y sentándose alrededor de la hoguera la miraban gritando: ¡ Pif, paf! – Pero a cada estallido, que era un suspiro profundo, el árbol recordaba un día de verano en el bosque, una noche de invierno bajo el cielo estrellado. Recordaba la Nochebuena y Clumpe-Dumpe, el único cuento que había oído y que sabía contar. – y después el árbol fue quemado enteramente.
Los niños jugaron en el patio y el más pequeño tenía sobre el pecho la estrella de oro que el árbol había llevado la Nochebuena pasada. Había pasado y con ella también el árbol con su cuento.¡Pasado, pasado, y así pasa con todos los cuentos!
(Hans Chistian Andersen)
El árbol mágico
En el centro de una placita, en el pueblo, había un precioso árbol. El árbol tenía ramas muy largas para los costados y también para arriba. Parecía un poquito unos brazos locos que invitaban a los niños a subirse a él.
Pero el árbol, que ya era muy viejito, porque tenía 103 años, estaba un poquito triste. Resultaba ser, que de tan abuelito que era, de tan tan pero requete tan gordo que estaba - Había bebido mucha lluvia decían - , le pusieron una cerca a su alrededor...con un cartel. Pero como el no sabía leer... Estaba más y más triste porque era un abuelito sin la alegría de sus chiquitos.
Un día escuchó el árbol - porque saben oir muy bien ellos, eh! - que alguien leía el cartelito: - Árbol centenario. Monumento histórico nacional. Plantado por.....
Pero al árbol no le interesaba nada esas cosas, el quería oir risas y sentir cómo se trepaban los chicos... oir los secretos que le contaban... pero no le gustaba nada cuando las personas grandes le hacían daño, escribiéndolo o rompiéndolo.
Tanto tiempo había pasado... que el árbol ya se había cansado de esperar.
Cuando esa tarde de primavera, un chiquito, de unos 10 años, pasó la cerca! Qué contento se puso el árbol...! Tanto, que escuchen bien lo que pasó:
El chiquito fue a buscar a otro amigo para no estar tan solito. Treparon a una rama que iba para el costado del sol y se quedaron recostados contándose cosas... pequeños secretos de cosas que les gustaría hacer.
El árbol escuchaba todo y se reía con sus hojas alegres. Entonces pensó que sería una linda idea hacer un poquito de magia.
El chiquito que primero había trepado se llamaba Guillermo, el otro Agustín. Guillermo le contó a Agustín que él quería poder ganar muchas veces a las bolitas para que Jorge no se riera más de é en el colegio, y así Carlota se haría su amiga.
Al día siguiente misteriosamente, Guillermo ganó en todos los recreos a las bolitas y Carlota le dijo que lo había hecho muy bien y le regaló una bolita preciosa. Guillermo estaba muy contento y guardó esa bolita como "la bolita de la buena suerte"
Esa misma tarde, después del cole, fue saltando y cantando de alegría al árbol, a encontrarse con Agustín y le contó todo lo que pasó.
Así, el árbol escuchó todo y estaba muy feliz, ahora se reía muy fuerte con sus ramitas y sus hojas... - La magia funcionó! se dijo el árbol.
Agustín también le contó lo que quería hacer con muchas ganas y fue así como el árbol abuelito se convirtió en el ÁRBOL MáGICO, el que concedía los sueños.
Sofia Reina
Pero el árbol, que ya era muy viejito, porque tenía 103 años, estaba un poquito triste. Resultaba ser, que de tan abuelito que era, de tan tan pero requete tan gordo que estaba - Había bebido mucha lluvia decían - , le pusieron una cerca a su alrededor...con un cartel. Pero como el no sabía leer... Estaba más y más triste porque era un abuelito sin la alegría de sus chiquitos.
Un día escuchó el árbol - porque saben oir muy bien ellos, eh! - que alguien leía el cartelito: - Árbol centenario. Monumento histórico nacional. Plantado por.....
Pero al árbol no le interesaba nada esas cosas, el quería oir risas y sentir cómo se trepaban los chicos... oir los secretos que le contaban... pero no le gustaba nada cuando las personas grandes le hacían daño, escribiéndolo o rompiéndolo.
Tanto tiempo había pasado... que el árbol ya se había cansado de esperar.
Cuando esa tarde de primavera, un chiquito, de unos 10 años, pasó la cerca! Qué contento se puso el árbol...! Tanto, que escuchen bien lo que pasó:
El chiquito fue a buscar a otro amigo para no estar tan solito. Treparon a una rama que iba para el costado del sol y se quedaron recostados contándose cosas... pequeños secretos de cosas que les gustaría hacer.
El árbol escuchaba todo y se reía con sus hojas alegres. Entonces pensó que sería una linda idea hacer un poquito de magia.
El chiquito que primero había trepado se llamaba Guillermo, el otro Agustín. Guillermo le contó a Agustín que él quería poder ganar muchas veces a las bolitas para que Jorge no se riera más de é en el colegio, y así Carlota se haría su amiga.
Al día siguiente misteriosamente, Guillermo ganó en todos los recreos a las bolitas y Carlota le dijo que lo había hecho muy bien y le regaló una bolita preciosa. Guillermo estaba muy contento y guardó esa bolita como "la bolita de la buena suerte"
Esa misma tarde, después del cole, fue saltando y cantando de alegría al árbol, a encontrarse con Agustín y le contó todo lo que pasó.
Así, el árbol escuchó todo y estaba muy feliz, ahora se reía muy fuerte con sus ramitas y sus hojas... - La magia funcionó! se dijo el árbol.
Agustín también le contó lo que quería hacer con muchas ganas y fue así como el árbol abuelito se convirtió en el ÁRBOL MáGICO, el que concedía los sueños.
Sofia Reina
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