domingo, 20 de julio de 2014

Semillas

Érase una vez un niño que vivía en una casa rodeada de un gran jardín. Los árboles y las flores del jardín eran amigos. Un día su madre le dio un puñado de semillas y le dijo:
-Vamos al jardín a sembrar estas semillas en la tierra. Si las cuidamos mucho y con la ayuda de todos los amigos, veremos cómo crecen.
Los primeros ayudantes serán las hadas de la lluvia que cantarán:
-¡Ya es hora de despertar!
Luego vendrán las hadas de la tierra y ayudarán a las raíces para que crezcan y se arraiguen con fuerza. Luego vendrán las hadas del viento, jugarán con las hojas y ayudarán a las plantas a crecer hacia el sol. Y al fin un día las plantas notarán que algo brilla en sus capullos; abrirán sus pétalos y ¿a quién verán? ¡al sol!
El niño llevó las semillas al jardín y las plantó en la tierra. Las cuidó con mucho cariño, y juntos, las plantas y el niño, rectos y fuertes crecieron.
Fuente: Cuentos para chiquitines | Antroposófica

Un árbol tonto

Había una vez un árbol. Era un árbol bastante bonito, con sus raíces, su tronco y sus hojas. Por cierto, que se llevaban muy bien. Las raíces estaban todo el día trabajando, desde la mañana hasta la noche, sin descansar. Se preocupaban de buscar por debajo de la tierra alimentos y agua y muchas cosas más. Cuando veían algo que pudiera servir, lo cogían. Pero no se quedaban con nada. Todo se lo daban al tronco. Y el tronco, gordo y fuerte, que era un sabio administrador, lo repartía proporcionalmente a las hojas después de efectuar unos cálculos complicadísimos.
Las hojas recibían siempre lo que necesitaban y nunca había habido envidias entre ellas. Todas procuraban estar guapísimas y la verdad es que lo conseguían. La gente que pasaba por allí decía: “¡Vaya árbol más guay!” Pero un día las raíces empezaron a pensar: “No hay derecho. Nosotras nos pasamos todo el santo día bajo tierra trabajando para que estas hojas presumidas coqueteen con los pájaros y con todo el que pasa por delante. ¡No, y no! ¡Se acabó! No queremos ser esclavas de nadie.” Y se cruzaron de brazos, y dejaron de trabajar.
El tronco entonces no podía dar nada a las hojas, y éstas empezaron a ponerse pálidas, pálidas y a agachar la cabeza.
El árbol ya no era bonito. Los pájaros ya no venían a posarse en él. La gente ya no se sentaba a su sombra.
Así estaban las cosas cuando sucedió que se desató una terrible tormenta. Terrible, pero no mala.
Se levantó un viento fortísimo, y empezó a llover a cántaros. El agua entraba en la tierra y empapaba a las raíces al mismo tiempo que el viento sacudía a las hojas de un lado para otro.
Fue entonces cuando la tormenta le dijo al árbol: “Eres un tonto, árbol. Ya no eres bonito. Pero no es porque tus hojas estén amarillas, sino porque has perdido la armonía interior. Estáis así porque raíces, tronco y hojas no os dais cuenta de que todos sois lo mismo: sois el árbol. Las raíces pensáis que trabajáis para que otros se aprovechen, sin daros cuenta de que vosotras también sois tronco y sois hojas. Todos sois todo. Sois uno. Y si os separáis, no sois nada. No existís. Si quieres ser lo que eres, tienes que ser uno.”
La tormenta terrible se marchó dejando al árbol sumido en la calma y el silencio.
A la mañana siguiente, alguien despertó muy temprano al tronco. Eran las raíces que habían madrugado y tenían ya un montón de cosas preparadas para todos.
El tronco no podía creer lo que veía y, con lágrimas en los ojos, comenzó a trabajar y a hacer sus cálculos que resultaban más complicados que de costumbre: tal era la cantidad de cosas que había que repartir.
Las hojas empezaron a tomar buen color y, en pocos días, ya estaban preciosas; tanto, que los pájaros volvieron a posarse y la gente volvió a sentarse a su sombra.
Pero lo más bonito es que todos tenían la sensación de que aquél era un árbol completamente nuevo.

Eugenio Sanz

domingo, 29 de diciembre de 2013

El labrador y el árbol

En el campo de un labriego había un árbol estéril que únicamente servía de refugio a los gorriones y a las cigarras ruidosas.
El labrador, viendo su esterilidad, se dispuso a abatirlo y descargó contra él su hacha. 
Suplicáronle los gorriones y las cigarras que no abatiera su asilo, para que en él pudieran cantar y agradarle a él mismo. Más sin hacerles caso, le asestó un segundo golpe, luego un tercero. Rajado el árbol, vio un panal de abejas y probó y gustó su miel, con lo que arrojó el hacha, honrando y cuidando desde entonces el árbol con gran esmero, como si fuera sagrado.

Mucha gente hay que hace un bien sólo si de él recoge beneficio, no por amor y respeto a lo que es justo. Haz el bien por el bien mismo, no porque de él vayas a sacar provecho.
 
Esopo

EL ÁRBOL DE LA MENTIRA

Verdad y la Mentira se pusieron a vivir juntas una
vez y, pasado cierto tiempo, la Mentira, que es muy
inquieta, le propuso a la Verdad que plantaran un árbol,
para que les diese fruta y poder disfrutar de su sombra en los días más
calurosos. La Verdad, que es limpia e inocente, que no tiene doblez y
se conforma con poco, aceptó la propuesta.
Cuando el árbol estuvo plantado y empezó a crecer frondoso, la
Mentira, que es una tramposa y busca siempre salirse con la suya,
propuso a la Verdad que se lo repartieran entre las dos, cosa que
agradó a la Verdad.
Así la Mentira le dio a entender con razonamientos muy bellos y
bien construidos a la Verdad que la raíz mantiene al árbol, le da vida
y, por ello, es la mejor parte y la de mayor provecho. Aconsejó a la
Verdad que se quedara con las raíces, que viven bajo tierra, En
tanto, ella se contentaría con las ramitas que aún habían de salir y
vivir por encima de la tierra, lo que sería un gran peligro, pues
estarían a merced de los hombres, que podrían cortarlas o pisarlas,
cosa que también podrían hacer los animales y las aves. Además, le
dijo que los grandes calores podrían secarlas, y quemarlas los grandes
fríos; por el contrario, las raíces no estarían expuestas a estos peligros.
Al oír la Verdad todas estas razones, como es bastante
crédula, muy confiada y no tiene malicia alguna, se dejó convencer
por su compañera la Mentira; por tanto creyó que era verdad lo que le
decía.
La Verdad se metió bajo tierra para vivir, pues allí estaban las
raíces, que ella había elegido, y la Mentira permaneció encima de la
tierra, con los hombres y los demás seres vivos.
Y como la Mentira es muy lisonjera, en poco tiempo se ganó
la admiración de la gente, porque su árbol comenzó a crecer y a echar
grandes ramas y hojas que daban fresca sombra; también nacieron en
el árbol flores muy hermosas, de muchos colores. Mas lo
verdaderamente singular, es que en la rama más retorcida de eseárbol, nació un niño de madera, de ojos abiertos y sorprendentes, con
la nariz larga y puntiaguda, que todos llamaron Pinocho.
Al ver un árbol tan
hermoso, muchas personas
empezaron a reunirse
junto a él muy contentas;
gozaban de su sombra y
de sus flores; la mayoría
de la gente permanecía
allí, e incluso quienes
vivían lejos se
recomendaban el árbol de
la Mentira por poder
disfrutar de la simpatía
del muñeco Pinocho y de
la alegría, sosiego y
sombra fresca del árbol.
Así, la Mentira se
sentía muy honrada y era
muy considerada por
quienes buscaban siempre su compañía. De esta forma, cuando alguien
mentía, todos aplaudían divertidos; y Pinocho bailaba dando brincos
de felicidad porque la mentira había triunfado sobre la tierra. Incluso
él se permitía de vez en cuando mentir a sus amigos, aunque su nariz
de madera creciera y creciera cada vez que esto sucedía. Al que menos
se acercaba a ella y menos sabía de sus artes, todos lo despreciaban, e
incluso él mismo se sentía diferente a los demás por no saber mentir.
Mientras esto le ocurría a la Mentira, que se sentía muy
feliz, la triste y despreciada Verdad estaba escondida bajo
la tierra, sin que nadie supiera de ella ni quisiera ir a
buscarla. Viendo la Verdad que no tenía con qué alimentarse,
sino con las raíces de aquel árbol que la Mentira le aconsejó
tomar como suyas, y a falta de otro alimento, se puso a roer
y a cortar para su sustento las raíces del árbol de la
Mentira. Aunque el árbol tenía ramas gruesas, hojas muy
anchas que daban mucha sombra y flores de colores muy alegres, antes
de que llegase a dar su fruto fueron cortadas todas sus raíces, pues
tuvo que comérselas la Verdad.
- 3 -
Cuando las raíces desaparecieron, la Mentira estaba a la
sombra de su árbol con todas las personas que aprendían sus
artimañas, se levantó viento y movió el árbol que, como no
tenía raíces, muy fácilmente cayó derribado sobre la Mentira,
a la que hirió y quebró muchos huesos, así como a sus
acompañantes, quienes resultaron malheridos.
Pinocho daba muestras de dolor sintiendo una de sus piernas
lastimadas y su nariz partida y sonrojada. Lloraba y lloraba el muñeco
de madera, no dando crédito a lo que
le había sucedido al árbol y a su desdichada
compañera, la Mentira.
Entonces, por el vacío que
había dejado el tronco, salió la Verdad,
que estaba escondida, y cuando
llegó a la superficie vio que la Mentira
y todos los que la acompañaban
estaban muy maltrechos. Habían
recibido gran daño por haber seguido
el camino de la Mentira.
Mostrando abiertamente su túnica blanca y su larga melena de
luz dorada, la Verdad dijo a todos los que allí lloraban lastimados:
«Queridos amigos: este dolor que padecéis es fruto de vuestro miedo a
mi, la Verdad. Es por eso que habéis descansado bajo un árbol que
nunca tuvo las raíces fuertes y sanas. Nunca mintáis, aunque sintáis
que la Verdad os cueste asumir. Así siempre mantendréis limpia y
saludable a vuestra alma. Cada vez que hagáis honor a la Verdad, yo
os abrazaré y os otorgaré la luz de la Vida».
Oyendo estas palabras, Pinocho se acercó a la Verdad, tímido y
todavía lastimado. Abriendo sus brazos la abrazó confiando, sintiendo
la ternura y la luz que abría su manto resplandeciente.
«Ya no mentiré más», se dijo con fuerza. Y mientras la luz de la
Verdad vibraba en su corazón, sintió que las magulladuras de su
cuerpo sanaban y que la tiesa madera pasaba a ser piel de niño flexible
y sonrosada.
Anónimo

LOS ÁRBOLES DEL MONTE.

Había una vez un monte con muchos árboles. Algunos habían nacido en ese mismo lugar y,
por eso, se los llamaba autóctonos. Otros habían sido plantados por don Ramón, quien tenía allí una
chacra.
Los pajaritos preferían hacer sus nidos en los árboles autóctonos. ¿Por qué les gustaban más
que los otros? Porque eran variados, tenían frutas de colores y ramas de diferentes formas y
dimensiones más apropiadas para sostener los nidos.
En cambio, en las superficies cubiertas de pino, todas las ramas crecían en forma simétrica,
no entraba la luz, no tenían frutas, y ningún pájaro construía su nido en ese tipo de plantaciones.
Los papas pájaros decían a sus hijos pajaritos:
- No vayan a los montes de pinos, los árboles están muy juntos, debajo de las ramas, está
muy oscuro, y, si se pierden, no van a encontrar ningún alimento; nada crece a la sombra de esos
árboles.
Así, todos los pájaros preferían vivir en la zona de la chacra, donde se conservaba el antiguo
monte: lapachos, laureles, timbó y todo tipo de árboles; grandes y pequeños, altos y bajos.
En el monte había una gran variedad de pájaros: benteveos, zorzales, gorriones, tucanes,
pilinchos, tordos, tico-ticos, azulejos y muchos más. Vivían felices y compartían los alimentos que les
proveía la naturaleza. También había algunos animales salvajes, como carpinchos, erizos, osos
hormigueros y coatíes, y, además, muchos insectos.
Los pájaros hacían sus nidos en las ramas más altas de los árboles, para que ningún animal
comiera sus huevitos o atacara a sus pichones.
Esta primavera habían nacido un montón de pajaritos. Don Ramón observaba a sus papas
que trabajaban afanosamente para alimentar a los exigentes críos que, cuando pasaban algún rato
sin comer, se ponían a gritar con todas las fuerzas. También los veía posados sobre su tractor,
cuando araba y preparaba la tierra para sembrar el maíz. Los pájaros lo seguían tratando de cazar
alguna lombriz desprevenida. Y, cuando iba al gallinero, lo acompañaban para disputar algunos
granos con los pollitos.
Don Ramón sabía que los pájaros eran sus amigos, porque al comerse los insectos, protegían
su huerta y verduras de las plagas, tan frecuentes en la época de calor.
A don Ramón y a su esposa, doña Paulina, les gustaba caminar al atardecer, observar el
cielo, las plantaciones e imaginar cuánto crecerían los pollitos en algunos meses.
En los días secos, disfrutaban regando las flores del jardín.
Una tarde de octubre, se percibía en el ambiente un aire especial; el clima estaba pesado y
había muchos insectos, como anunciando una tormenta. Don Ramón observaba el cielo y fruncía el
ceño. No le gustaba nada. Sus huesos también le avisaban del temporal. Le dijo a su esposa que le
convenía guardar la ropa colgada, que había que hacer entrar a todos los animales en el galpón del
fondo, y cerrar todas las ventanas de la casa. Luego, se acostaron a dormir.
A medianoche, comenzó a soplar un viento huracanado terrible.
La casa de madera que tantos años los había protegido crujía como quejándose de los
embates del temporal. Los animales encerrados ni se movían. Don Ramón observó desde la
ventana cómo bailaban los árboles del jardín y rogaba a Dios que quedaran ahí firmes, como
centinelas de la casa. Pero fue en vano; la luz intermitente de los relámpagos alumbró el panorama,
y vio cómo se desgarraba un enorme lapacho, que cada primavera los había alegrado con sus
coloridas flores. Se desplomó sobre el cerco del gallinero destruyéndolo, por completo, pero, por lo
menos, su casa seguía de pie.
Don Ramón estaba muy asustado y sólo mantenía la calma para no alarmar a su mujer, que
era tremendamente asustadiza. Se asomó para ver un poco más lejos y le dio miedo observar,
gracias a la luz de los relámpagos, las copas de los árboles sacudidas como plumeros gigantes,
frenéticos, que tocaban la tierra y volvían a levantarse.
Así pasaron unos cuarenta minutos que parecieron eternos.
Luego, la lluvia intensa, espesa, cubrió todo el espacio oscuro. Don Ramón y su esposa
durmieron intranquilos.
Se levantaron cuando los primeros rayos del sol acariciaban la tierra. Don Ramón se vistió, y,
antes de desayunar, salió a contemplar el paisaje desolador. El pinar, que él había plantado hacía
veinte años pensando en sus hijos y nietos, se hallaba por el suelo. No podía creer lo que veían sus
ojos. Los árboles, que hacía unas horas estaban de pie, con sus copas tendidas al cielo, ahora,
tenían sus troncos tronchados, como si una motosierra
gigante hubiese arrasado todo durante la noche. Estaban
desflecados, retorcidos, como si el viento los hubiese usado
para divertirse.
Nunca había visto algo igual... Su corazón latía fuerte,
su trabajo de plantar, combatir plagas, cuidar que la maleza
no cubriera todo había sido destruido en unos minutos.
Se sintió pequeño y triste. Bajó su cabeza, se sentó
sobre un tronco derrumbado y se quedó en silencio.
¡Qué sorpresa fue para él escuchar el piar
desconsolado de los pájaros! Centenares de aves se
quejaban y expresaban lo mismo que él sentía. Volaban
buscando una respuesta. No encontraban sus nidos, ni sus
padres, ni sus árboles. Estaban desorientados, dolidos. Su canto era lastimero.
Se posaban sobre los troncos caídos, y sus trinos no eran dulces o alegres, sino de queja, de
dolor, como pidiendo una explicación al hombre que estaba compartiendo con ellos esa ruina y
desolación.
Don Ramón percibió que toda la naturaleza, herida y derrotada, era bañada por los rayos del
sol. El calorcito sobre su cuerpo le hizo pensar que tendría que seguir trabajando como lo había
hecho siempre. Se sentía abatido como las aves; el viento les había arrancado toda la seguridad que
poseían, sus nidos y sus árboles. Don Ramón pensó que ante las fuerzas naturales, los hombres
son frágiles e indefensos como los pájaros, y que todos deberían saber que los grandes cambios
que se producen en la tierra, alteran su equilibrio y desencadenan estos desastres. Con tristeza, se
preguntó: ¿en qué planeta vivirían sus nietos? ¿Cómo el hombre no se daba cuenta de todo el daño
que estaba provocando? Continuaría con su trabajo en la chacra, era la ley de la vida, a veces dura
e incomprensible. Pero sus hijos y nietos necesitaban su ejemplo.

María Mercedes Jiménez de Gallero.

El jardín de Chía

El jardín de mi casa es enorme. Tan grande, tan grande
que ni papá ni mamá han conseguido recorrerlo entero.
A mí sólo me dejan ir hasta el río, que está justo enfrente
de casa y hasta el Árbol de las Ceremonias, si camino hacia
el norte.
Es un jardín muy divertido porque está lleno de animales
y hay un montón de sitios donde esconderse.
Yo tengo un escondite en un árbol.
Hay que trepar dos metros por uno de los troncos y se
llega a un agujero estrechito por el que únicamente cabemos
los más pequeños. Es genial.
Dentro hay una especie de colchón de paja que debió ser
el nido de algún animal. Huele a madera, a savia, y a hojas
secas y además se está fresquito.
Desde que lo encontré me paso todo el día deseando
acabar mis tareas y que mamá me deje ir a jugar para poder
ir allí un rato.
Mi casa también es bonita. La construyeron mis padres y
mis hermanos, junto al resto de la tribu, el año pasado.
Cortaron los troncos, separaron las ramitas más finas
por un lado, las más gruesas por otro, y con mucho trabajo
nuestra choza fue una de las más grandes y bonitas de la
aldea. Como todos ayudaron, mamá dio una gran fiesta el
día que terminaron.
Sue y yo pasamos toda la mañana recogiendo frutos y
hojas, para que mamá y el resto de las mujeres de la aldea,
hicieran la comida y la bebida para todos.
El abuelo, que es el chamán, el que habla con los espíritus
de los árboles y de las plantas, le dio las gracias a la selva,
que nos había prestado su madera y sus lianas para poder
hacer una casa bien grande y bien bonita
El día de la fiesta lo pasamos en grande.
A nosotros los niños, nos dejaron explorar más allá del
árbol de las Ceremonias.
La tarde fue maravillosa. Jugamos al escondite, a descubrir
el tronco más grueso, a ser el primero en encontrar una
serpiente, a trepar bien alto y saltar al colchón mullidito de
las hojas caídas…
Pero de repente Sue gritó tan fuerte como le permitieron
sus pulmones:
— ¡Los Hombres Termita, los Hombres Termita! ¡Chía,
corre, corre, hay que avisar a todos!
Me subí al árbol más alto que encontré y miré hacia donde
señalaba mi hermana.
Enormes máquinas se acercaban hacia nosotros tragándose
los árboles como si fueran simples pajitas.
Sue y yo nos asustamos mucho. Corrimos hacia casa gritando:
— ¡Abuelo! ¡Los Hombres Termita están matando muchos
árboles, tantos que se puede ver el final del jardín!
Al llegar a casa ví la cara triste del abuelo, sentado a la
sombra del Árbol de las Ceremonias.
Me senté a su lado y el abuelo me habló:
— Chía, el Espíritu del Árbol te ha elegido a ti para que
seas su voz. Esa será tu misión.
— Pero yo soy sólo una niña, abuelo. ¿Quién querría escucharme?
— Serás una mujer fuerte y valiente muy pronto. Y la
selva del Amazonas necesita tu voz.
— Dime, abuelo. ¿qué debo decir para salvar mi jardín?
— Ve a tu refugio escondido en el árbol y escucha.
El Espíritu del Árbol te enseñará día a día lo que debes
decir
Mi jardín es enorme, pero lo están matando los hombres
Termita.
Ellos no ven más allá de la riqueza que van acumulando.
Ellos no escuchan el grito de los árboles.
Los árboles cuidan de nosotros. Nos dan el aire puro que
respiramos, la madera que nos cobija y la sombra que nos
protege del ardiente sol.
Yo soy Chía, y he dado mi voz a los árboles. Contaré su
historia y la mía, hasta que el hombre escuche y comprenda
que sin árboles, la Tierra no puede vivir.

"Cuentos desde el bosque"

Proverbios

El día que hayais envenenado el último río, abatido el último árbol, y asesinado el último animal, os dareis cuenta que el dinero no se puede comer.

(Proverbio indigena)

La paciencia es un árbol de raíz amarga, pero de frutos muy dulces.

(Proverbio persa)

Adán comió la manzana, y todavía nos duelen las muelas.

(Proverbio húngaro)